Es actor, intérprete, coreógrafo, bailarín, pero sobre todo un artista mendocino que revoluciona la escena del teatro porteño. Ahora vuela a Francia y lo buscan del Cirque du Soleil

Estudioso, curioso y apasionado del arte, el deporte y la danza, este mendocino resuena en los escenarios porteños desde hace más de una década y ahora lo hará en Francia, donde proyecta instalarse en los próximos meses. De visita en su provincia, un ida y vuelta con el «Ponchi», como es conocido por muchos, desde pequeño.

Es el tercer año que Alfonso Barón gira de modo consecutivo por Europa con «Un poyo rojo», la obra de teatro físico dirigida por Hermes Gaido de la que también es parte fundamental Luciano Rosso. Esta vez el regreso a suelo argentino no sólo contuvo anécdotas y recuerdos de la experiencia sino que vino acompañado de la firme proposición de instalarse en París, quién sabe por cuánto tiempo. «Nos vamos a vivir allá. Suelto mis cosas en Buenos Aires a fines de 2017 y la idea es armar un espectáculo con nuevos artistas e incorporar el idioma y la tecnología», dice el mendocino de 32 años que desde hace una década reside en Buenos Aires y acumula una notable experiencia como actor, intérprete, coreógrafo, bailarín y entrenador corporal junto a referentes como Mayra Bonard, Susana Szperling, Pablo Rotemberg o Juan Onofri.

-¿Cómo vivís esta aventura que todavía no comienza pero tiene fecha?

-Me da un poco de vértigo pero al mismo tiempo tenemos toda una estructura que nos contiene. Me dan muchas ganas y la situación actual acá no me gusta tanto. Si puedo estar en otro lugar y no acostumbrarme a la supervivencia y a la hiperlucha, mejor. También está bueno cambiar un poco de lugar… No creo que sea de por vida.

-¿A quiénes reconocés como tus maestros, tus referentes?

-Creo que mis maestros son los mismos de siempre y los nuevos que van apareciendo son personas re pares. No sé, nos viene a ver el director del Cirque du Soleil y no me mueve un pelo y de repente viene a visitarme el Guille (García) y me interesa mucho más lo que pueda llegar a decirme. Me hago de amigos que se convierten en pequeños maestros. Mis clásicos padres del arte son el Flaco Suárez y la Vilma Rúpulo, que los tengo en cuenta siempre, siempre, siempre.

-¿Cómo llegaste al teatro y de ahí a la danza?

 -A la hora de estudiar estaba entre tres opciones: música, psicología y teatro y un poco por presión empecé psicología al tiempo que iba a un taller de teatro los sábados en El Taller. Como el cursado de la carrera me quitaba el único momento de teatro que tenía, en un momento dejé psicología y me orienté de lleno a eso, que me sacó del mundo del que venía, ligado al deporte y a una educación muy tradicional. Me atrapó el juego, la creatividad, la fantasía.

-¿Cuándo fuiste consciente de que lo que hacías te ponía en el centro de atención?

-Desde chiquito me gustaba llamar la atención a través del humor. Soy bastante básico y «caverna» y en el teatro encontré ese lenguaje popular, entendible, sano y con humor que buscaba. Me di cuenta que me gustaba ganar terreno haciendo reír a la gente. Siempre he buscado la diversión como plan; empecé con el teatro, luego con la danza y ahí fue cuando decidí irme a estudiar a Buenos Aires a unir esos dos lenguajes. Lo que hago ahora mixtura el teatro, el deporte y la danza, y lo divertido del arte contemporáneo es que no te encasilla.

-¿Qué proyectos te motivan para trabajar?

-El cine, por ejemplo… Me llamó hace poco Marco Berger para protagonizar una película y será mi primer protagónico en cine. Por lo general me toca representar la bandera homoerótica en mi arte, algo que compenso con mi vida personal (risas). Me entusiasman los proyectos nuevos y aquellos que comparto con mis amigos. Me parece que nunca voy a soltar eso.

-¿Mendoza qué significa en tu vida?

-Mi casa, mi formación, mi esencia, mi lugar de familia y de crecimiento y donde descubrí el arte, que ahora tanto me da y que me ubica en un lugar que me gusta. Mendoza es todo.

-¿Y a la distancia sos más bien crítico o agradecido de tu lugar?

-Agradecido. Me ha pasado de encontrarme con argentinos que viven afuera y tienen un resentimiento groso, sobre todo quienes se fueron del 2001 en adelante. También entendí por qué: cuando vivís en Europa entrás en ese sistema que aunque corrompido, funciona muy bien. Después de eso es difícil creer el nivel de descaro que existe acá y empezás a renegar de lo que pasa en tu lugar. Es difícil volver de algo cuando está todo bien.

-¿A qué factores atribuís tu bienestar profesional?

-Hay un poco de todo, aunque la palabra clave es la pasión. Soy pasional, me apasiona lo que hago, me genera devoción y me lleva a involucrarme con todo, entonces es difícil no hacerlo bien.

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