El ingeniero agrónomo comparte algunas escenas del proceso que lo llevó a elaborar su propia marca de destilados en su casa, al tiempo que continúa con su trabajo ligado a la vitivinicultura.

    Nació y creció entre viñedos, dice Mark Singleton Mayne, salteño de Cafayate, ingeniero agrónomo al igual que su papá y su hermano mayor. Asentada su familia nuclear en Mendoza, fue como la vitivinicultura continuó presente y sumó nuevos desafíos a conquistar. La ruta lo llevó primero, en el 2003, como hacedor de uvas en la Bodega Pascual Toso y en el año 2011, a compartir sus conocimientos junto al equipo de Navarro Correas, por entonces perteneciente al grupo Diageo, dueño de marcas de whisky como Johnnie Walker o The Singleton.

    En el 2015, Mark pasó a formar parte del Grupo Peñaflor hasta que en el 2018, comenzó su experiencia como profesional independiente. Desde entonces se dedica a la administración y el asesoramiento de empresas dedicadas a la producción de uvas de alta gama, el desarrollo de pequeñas y exclusivas partidas de vinos premium personalizados y la realización de su propio emprendimiento abocado a la elaboración de Whisky Single Malt (o puro de malta) y que lleva su nombre.

    «Fue en Cuzco, durante un viaje en moto con amigos, que cobró vida la idea de retomar la actividad de destilar maltas para hacer whisky, tal como lo habían hecho muchos años antes mis ancestros escoceses Singleton», expresa el autor de los destilados de garage que elabora en partidas limitadas y de manera artesanal. La malta base o wash de pura cebada la elabora desde sus inicios en la cervecería Chacras Beer Company, ubicada muy cerca de su casa: «Una fábrica pequeña con un alto grado de tecnificación, ideal para hacer mi malta de excelente calidad».

    Hace un tiempo y terminada la fermentación, la cargaba en tanques de acero inoxidable y la trasladaba hasta Cafayate a la «Destilería Etchart-Argerich», de su amigo Miguel. De vuelta en Mendoza, guardaba el destilado en barricas de roble para su maduración en el garage de su casa, acondicionado para la empresa. «Este proceso que duró un par de años, nos permitió realizar viajes increíbles al norte de nuestro país, conocer lugares y personas inimaginables. Fue una etapa de aprendizaje, búsqueda de identidad, visión a futuro y lo más importante fue que obtuvimos unas maltas exquisitas», comparte Mayne.

    Como el anhelo no era sólo continuar sino crecer, lo que comenzó como un hobby cobró con el tiempo otra forma más analizada, planificada y supervisada de sostener el proyecto: «Decidí traerme un alambique a mi casa en Mendoza y estoy por comprar otro para lograr mayores volúmenes en un corto plazo. Hacer whisky es una actividad en la que los tres pilares fundamentales son el líquido, la presentación y la paciencia. Estamos en una etapa plena de elaboración y añejamiento y sólo he lanzado pequeñas partidas, jóvenes pero exquisitas», apunta.

    Cada una de las botellas que sale del garage, dice su autor, es un whisky Single Malt (pura malta), Single Barrel (barril único) y Cask Strength (sin agregado de agua). Así, las ediciones tienen sólo 100 unidades por ahora, son de 250 cc., y provienen de una misma barrica de roble de 25 litros. La botella y el tapón de cristal son importados, mientras que el líquido no tiene ningún tipo de corrección y es un producto sin filtrar, fraccionado de la barrica a la botella.

    «Tanto la elaboración, el embarricado, el fraccionamiento, el etiquetado como la elaboración de las cajas para las botellas, son 100% hechos a mano. La mayor parte del volumen destilado está en la cava de maduración para ser tomado vaya a saber cuándo, sin duda será cuando sea verdaderamente oportuno. Por ahora no hay apuro, la paciencia está de nuestro lado», sostiene Mayne.