Su obra aborda el espacio inmenso de la naturaleza. Entre viajes y experiencias en el exterior, construye una producción multidisciplinaria y conmovedora en Uspallata

Hasta fines de octubre Yamila Marañón continuará su viaje por Japón. Luego de su participación en el Misaki Art World y tras su paso por el Landart-Biel Bienne en Suiza, la artista mendocina continuará su exploración por Tokio, donde presentará sus trabajos realizados en Argentina compilados en video. Es la obrera de sus propias obras y sólo cuando es necesario acude a la ayuda de un asistente, como fue el caso de su último proyecto, en el que contó con una persona para preparar los tres metros cúbicos de hormigón que requería el proceso.

Piedra, cemento o granito son los materiales que utiliza en el último tiempo y de acuerdo al lugar donde se encuentre, incorpora tecnología y elementos que recicla. «Ahora en Japón estoy trabajando unas esculturas de dos metros cuarenta en cemento y vidrio», dice la creadora de una serie de obras que además de invitar al encuentro con el arte, abren puertas para indagar en lo profundo del ser. «La última instalación que hice, El cielo en la tierra, es de cemento, piedra, vidrio y acero inoxidable pulido», agrega.

El arte llegó a su vida como un juego y con su padre como maestro. En el atelier del artista Fausto Marañón, Yamila creó sus primeras figuras con arcilla y pigmentos. Su abuela ceramista y su tío abuelo (escritor y actor) también marcaron el camino en sus inicios. Fue a una escuela artística en la secundaria y cursó un año de arte dramático en la UNCuyo antes de instalarse siete aniversarios en París. «Ahí pude cerrar de alguna manera mi formación, aunque pienso que donde más he aprendido y aprendo es trabajando con mi viejo, recibiendo todo ese conocimiento», aporta.

Otros artistas y formadores locales también le aportaron vuelo a su despegue: Chalo Tulián, Alfredo Ceverino, Jorge Gómez de la Torre, Laura Valdivieso, Verónica Anastasi o Carlos Ojam.

«En París pude ver todo eso que estudiaba en los libros y fue muy fuerte, fue un despertar muy grande para mí. Estuve un año entero viajando por Europa visitando museos, iglesias y espacios culturales. Ahí la influencia tomó otra escala y se acercó a la instalación, el video o la performance. En París pude definirme en la plástica y empecé la aventura de la escultura con personas increíbles que me abrieron la cabeza y sumaron posibilidades creativas y nuevos medios. Pude reunir, además, mis conocimientos de teatro, danza y proyecciones».

Su vida de viajes, encuentros, residencias y exposiciones fuera de Mendoza la llevaron, durante esos años de encanto francés, a integrar e impulsar una casa de artistas a atelier abierto en el corazón de París. Seis pisos repletos de creación permanente abrigaron su experimentación y sus obras y la marcaron para siempre. «El espacio se convirtió en el tercero más visitado de arte contemporáneo de la ciudad y representó un gran aprendizaje definirme ante ese público. Fue una gran influencia en mi vida artística y personal, y de una potencia creativa increíble durante cinco años», dice.

De chica hizo sus primeras obras de arte y a los catorce años participó de una exposición colectiva. Antes de expresarse en la tierra o en la naturaleza, Yamila Marañón absorbió todo lo que vio, todo lo que leyó, todo lo que descubrió y de a poco se despegó de sus referencias iniciales en busca de un lenguaje propio y multidisciplinario. «Creo que agotar las posibilidades en París, aunque siempre surgen nuevas, con total libertad, cerró un ciclo y me impulsó a abordar junto a mi familia la Fundación Marañón», un proyecto que además de gestionar proyectos culturales, contiene un museo de esculturas monumentales a cielo abierto en Uspallata.

El proceso de trabajo de cada proyecto es largo, considera, y se dispara de un concepto que más tarde encuentra su soporte y al que le sigue una etapa de concepción y resolución técnica hasta su materialización. Las obras monumentales surgen de estar presente, de estar consciente, apunta, y de dejarse llevar por las ideas que la encandilan y la llaman. «Entonces empieza el momento mágico de la creación que no tiene explicación alguna sino que surge, luego es todo tiempo de maduración, de acomodar esa idea abstracta y de bajarla a la realidad, y ver de qué manera se puede realizar; esa parte es interesantísima en el proceso creativo de la instalación y de la escultura en general».

Sus últimas obras están impregnadas de sí misma, de su camino de experimentación: Laberinto del sol, Laberinto de la luna o El cielo en la tierra, en este último caso, una instalación compuesta de una plataforma cubierta de una superficie espejada en la cual se puede caminar y ver el reflejo del manto infinito de día y de noche, cuando el techo es celeste, luz o estrellas. «Me interesa hacer parte de la obra a los espectadores. Los laberintos de alguna manera son eso: al entrar estás creando la obra de acuerdo al camino que elegís y eso que uno siente tiene que ver con uno mismo; la obra impulsa esas manifestaciones. Caminar El cielo en la tierra ofrece una sensación muy especial, es como caminar en el universo en el cual el ser humano es una ínfima partícula del gran todo. Espero que mientras vaya avanzando realice obras así de relevantes», cuenta.

Su producción le abre caminos y la acercan a viajes, invitaciones y personas. Entonces se nutre y sale de las estructuras sociales para acercarse a su esencia: «Es difícil manejarse en Mendoza para vivir de lo que te gusta hacer y crear en libertad, y experimentar sin estar pensando en lo que le gusta al otro. De cualquier manera elijo Mendoza porque hay una fuerza que me atrae y porque vivo en Uspallata, que es una bendición en medio de la naturaleza. Tengo la gran suerte, a pesar de las dificultades, de trabajar con energía solar en ese paisaje; ese cielo es ya parte de mí. A pesar de haber viajado por el mundo desde los 20 años encontré mi lugar en el Parque de las Esculturas. Ahí hay obras de mi viejo y mías y lugar para otras expresiones y la venta de obras. Es maravilloso y desafiante, todo lo que me gusta. También es importante para mí moverme de una forma alternativa y el lugar depende solo de nosotros y eso es hermoso, es estar realizando un sueño».

 

Gentileza: Yamila Marañón

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