Fresca, auténtica y sensible se muestra esta mendocina que regresó a su provincia para reencontrarse con su vocación artística y la energía de su origen.

Cuando habla de lo que hace -y ama-, Valentina Luz Aparicio (30) se siente más completa presentándose como artista interdisciplinaria: «Son más los colores con los que pinto», dice. En estado de formación permanente y fascinada por la investigación, esta joven curiosa elige proyectos que resuenan en lo hondo de su ser.

Desde su regreso a Mendoza luego de años en Buenos Aires, Valentina es parte de la compañía teatral Alasur que dirigen Kameron Steele e Ivana Catanese, y participa de creaciones que la entusiasman: junto a Daniela Lieban fue parte del Plus+Arte invitada por Gabriela Nafissi, realizó un preludio de la obra de las hermanas Fusari «En tiempo de Fados» e integró el espíritu colectivo de «AOI, el gualicho de la malvarrosa» (Alasur).

«Nací en enero de 1988, soy acuariana», dice la artista que recuerda una infancia entre animales y entornos naturales como el de Potrerillos y con la guía de su padre veterinario. De esa convivencia con la tierra, el agua y el cielo guarda momentos que atesora; también de las salidas -sobre todo al teatro-, con su abuela, la psicoanalista Luz Casenave.

«El arte y la música han estado muy presentes en mi familia. Mi abuela fue concertista de piano desde muy joven y si bien se desarrolló en psicoanálisis, sembró en sus hijos y en nosotros el amor por la música y el arte como parte de la vida», expresa. «Tengo el recuerdo presente de haber estado en el Teatro Independencia escuchando Turandot y de haber tenido que levantarme para ir al baño a lavarme la cara y no quedarme dormida porque al otro día iba a la escuela. Hay artistas por parte de mi familia Aparicio y Faingold».

Con la libertad y el acompañamiento que le dieron sus padres, los títeres y el teatro la convocaron desde pequeña. Con la muerte de su papá, a los 13 años, el arte fue un abrazo necesario para transformar la tristeza, expresarse y conocerse. De la mano de Ernesto Suárez, Claudio Martínez, Violeta Falconi, Gabi Carli, entre otros maestros, encontró herramientas y motivos suficientes para seguir su camino en Buenos Aires.

Estudió danza clásica y contemporánea, la carrera de Títeres con Adelaida Mangani en el Complejo Teatral San Martín, de donde fue parte del Grupo de Titiriteros, integró el Teatro Sanitario de Operaciones, es instructora de yoga y claro, inquieta. En Mendoza y junto a Steele y Catanese aprendió el método japonés de Tadashi Suzuki, con quien hizo un workshop en 2017 en ese país y en donde conoció al director de teatro Theodoros Terzopoulos. En julio viajará a Grecia a continuar con él su formación.

«Vivo cada proceso a pleno, con mucha apertura. Cuando un proyecto me toca la piel, me invade todo mi cuerpo y atención: empieza a convivir conmigo. Cada proyecto lo tomo con el mismo nivel de entrega y compromiso», agrega. Desde que volvió a Mendoza se enamoró de presenciar la montaña y como andinista es una asidua visitante de la altura.

«Esa voluntad para mover el cuerpo es la que traslado al trabajo artístico teatral: Es elegir subir un cerro y meterle todo a pesar de que la mente moleste o haya cansancio físico. Si uno lo toma como un mantra, como una caminata que hay que continuar, la cima no es el fin como tampoco la presentación de una obra. Ese es el recorrido de subida y todavía queda el de bajada», asegura la actriz que reconoce en las personas, en lo humano, una fuente inagotable de enseñanzas. «Siento que estoy en una segunda etapa de crecimiento profesional y agradezco a todas las personas que se me cruzaron y al arte y su poder liberador y transformador».

 

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