Actor, dramaturgo y director, Miguel García Migani, sanjuanino radicado en la provincia, despide el 2015 con dos obras de su autoría y prepara un estreno para abril del año próximo. Diálogo con un joven exponente del teatro mendocino actual.

«Yo no tuve ninguna revelación: Fue muy natural para mí entender que actuaría o haría teatro porque siempre lo hice, desde que tengo uso de razón», dice sin ánimos de grandeza Manuel García Migani, el actor que un buen día del 2009, ya de regreso de una experiencia porteña que duró tres años, escribió y luego dirigió la primera de sus obras, Pet Shop, ganadora del Certamen Vendimia. «Vos querés hacer teatro, pues nadie te va a contratar jamás en tu vida», pensó cuando decidió atender la necesidad de generar aquello que quería ver. Claro que a su mente vinieron los años compartidos junto a Ernesto Suárez, el maestro que nunca ocultó la necesidad de «inventar el laburo propio» y con quien creció primero en la facultad como alumno y más tarde junto a un grupo de jóvenes que bajo su comando aprendieron el oficio.

«El peligro de la profesión es generar cosas sólo para ganar plata. Entre eso y trabajar en una oficina no hay mucha diferencia», dice el autor y director de Famélica (2010), Mi humo al sol (2013) y Tus excesos y mi corazón atrapado en la noche (2013), que obtuvo la tercera mención en el Concurso Nacional de Dramaturgia del Instituto Nacional del Teatro. Porque Manuel escribe y dirige las obras que le gustaría ver, aquellas que increpan al espectador desde las vivencias, alejado de las certezas, los estilos o los textos aleccionadores. El momento previo a la actuación, confiesa, lo angustia, aunque el disfrute sobre el escenario le resulta indescriptible. «Es hermoso exponer tu cúmulo personal, emocional y físico al servicio de una historia. De cualquier manera creo que hay algo insoportablemente egocéntrico en el actor, algo patológico», dice con una sonrisa que pronto desdibuja.

Nació en San Juan, creció en Rosario y a los 18 años llegó a Mendoza dispuesto a estudiar Teatro. No fue un niño histriónico sino un pequeño de bajo perfil que se permitía dejar de lado la introspección sólo cuando de actuar se trataba. Durante diez años fue parte del ciclo de improvisaciones «Humor de miércoles» y desde hace cinco busca reinventar el teatro casi sin proponérselo, atendiendo a una búsqueda artística y personal que repara en la construcción colectiva sin demagogia.

–¿Qué denominadores comunes encontrás en tus obras?

–Creo que la voz de la mujer está siempre muy presente y no desde una mirada de género, pero sí como si hubiera una tensión especial en el punto de vista femenino sobre algunos temas. Hay algo en la disponibilidad que tienen muchas actrices para trabajar que me resulta inspirador y movilizador. Siento que a veces las obras llegan a ciertos niveles de profundidad poética o narrativa cuando la que narra es una mujer. Nunca me lo propuse pero de cualquier manera es evidente.

–¿Y el realismo y lo inesperado qué rol juegan?

–Están, aunque desde hace rato intento alejarme del realismo. Hay algo de presentar una situación posible y que eso vaya de lo real hacia lo inesperado… Como si pudiera jurar que hay cosas que no pueden pasar y de repente suceden. Esa situación me resulta muy atractiva como espectador, al igual que desafiar los límites de mi propia obra.

–¿De dónde provienen tus influencias al momento de escribir y desplegar una obra?

–Podría decir que yo le robo más a la música que escucho que al teatro que veo. Hay personas, también, con las que he estudiado, como Emilio García Wehbi o Alejandro Tartanián, que tienen una clara postura sobre los márgenes del teatro y la incorporación de elementos de otros lenguajes. Hay mucho de la música traficado a mis obras. Siento que hay algo dramático en la música que me cautiva y me lleva a lugares no lineales. Estoy copado con lo que propone Matías Feldman: cómo hacer para que el teatro no se parezca al teatro sino que sea una experiencia en la que sobre el final entendés que ese cúmulo emocional era una obra. También tengo una escuela inevitable, la del Flaco Suárez. Empecé con él a los 18 años y de repente me vi haciendo cosas que nunca imaginé. El Flaco me enseñó a pararme en el oficio y eso ha sido fundamental, más allá de la formación artística que uno construye después.

–¿Cuál es la situación del teatro en Mendoza en la actualidad?

–Muy distinta a la que se vivía hace diez años: se ha profesionalizado. Ya no está eso de la vieja escuela donde vos hacías todo; en la actualidad es imposible no pensar que vas a trabajar con un productor o con alguien que te haga la prensa o con una asesora estética, que en mi caso es Marina Sarale.

–¿Cómo se dio tu transición de actor a director y dramaturgo?

–Yo soy actor y llegué al teatro desde la actuación. Después surgió la necesidad de contar lo propio y de hacer. De cualquier manera yo tenía una inquietud que trascendía lo actoral. No hay demagogia en eso de que el teatro es una construcción colectiva. Cuando me fui a vivir a Buenos Aires, en 2006, sentí que tenía que estudiar. Durante esos tres años hice muchos cursos de dramaturgia, dirección y actuación, y después casi sin pensarlo ya estaba de vuelta en Mendoza.

En cartel

Dirigidas por Manuel García Migani, este fin de semana dos obras suyas quedarán una vez más a la vista. El sábado 19 de setiembre, a las 22, es el turno de Tus excesos y mi corazón atrapado en la noche. La última función será el 26 de setiembre en el mismo horario y más tarde, en octubre, una de las obras en competencia del Festival de Teatro de Estrenos.

El domingo 20 de setiembre, a las 20.30, se realizará la última función de Mi humo al sol. Será en El Taller, Granaderos 1964 de Ciudad. En este drama potente y emotivo resaltan las actuaciones de Elena Schnell y Miranda Sauervien, que en el cuerpo de Sonia y Natalia viven un encuentro inesperado. Una obra multipremiada que llega al final de su tercera temporada.

Reservas: 2616136970.

123456789

Artículos Relacionados