El actor mendocino propone desarrollarse en la aventura de la reflexión y los proyectos que escapan a la urgencia. Por estos días ensaya una obra junto a María Godoy y trabaja en la formación vocal y física de otros actores.

Formado en la investigación diaria y constante y junto a maestros que acompañan su camino, repite: “(…) quién soy, de dónde vengo, a dónde voy”. Difícil confundir la voz de Santiago Borremans con otra. Es clara, comunicativa, expresiva y dice mucho. «Según mi modo de ver, estudiar teatro es una forma de hacer teatro. Empecé en la Escuela Popular en un taller de adolescentes con el profesor y maestro, David Blanco».

Santiago Borremans nació, creció y estudió en Mendoza. Sobre la provincia tiene mucho para decir y lo que sucede aquí es en ocasiones, disparador para su arte. En «Testimonio Real», tomó la caída de la grúa durante un ensayo de Vendimia para plantear una obra en video. Casi 35.000 vistas sumó este material, que llegó al cuantioso público de la televisión local. «Es peor la realidad que la ficción, porque en la ficción se reproduce en comedia lo que en la vida cotidiana se reitera en tragedia. No podés ponerte a llorar porque no se haga la Vendimia. Podés llorar por hacer de mujer objeto, porque las posibilidades culturales de Mendoza están disminuidas, pero no por eso».

En «La media me aprieta», su última obra, reúne 11 videos de no más de 6 minutos en los que las nuevas tecnologías funcionan como medio y elemento narrativo y Youtube hace de soporte. «Son videos breves, hechos autofilmándome, salvo dos de ellos. Si bien hay un hilo narrativo propuesto, puede verse en cualquier orden», explica el actor, que remite de un modo inquietante a la pesadilla de abusos sexuales a chicos hipoacúsicos ocurrida en el Instituto Próvolo.

De aquella primera experiencia de teatro adolescente guarda un recuerdo imborrable, comprometido con lo colectivo y el trabajo inocente. Se inscribió luego en una tecnicatura que jamás terminó y conoció a Mariú Carreras: «Gran maestra de actores, gran actriz, basta escucharla para conmoverse. Una persona que transforma en lo posible», resume. Se inscribió entonces en la Facultad de Teatro: «Yo no creo haber aprendido mucho en la academia, siento que las academias son como agarrar un ave, cortarle las alas, ponerle sal, pimienta y hacerla bosta».

Junto a María Godoy, maestra, directora, actriz y amiga, encuentra, en lo profesional, continuidad con ciertas preguntas que habilitan su campo hacia la aventura. También ha sido y es un referente el actor y docente Guillermo Angelelli. «En el caso de la Facultad, creo que es un ámbito legitimante, en coma. Sin necesidad de ofender, puedo decir que hay mucho de conventillo en el teatro de Mendoza, mucho de vecindad de El Chavo. Me aburre eso. De cualquier manera, como estudiante viví una etapa intensa con compañeros inquietos, sensibles e interesantes».

Para Santiago Borremans, el mapa no es el territorio y las experiencias pasan más por la necesidad personal y profunda de llevarlas adelante, que por la urgencia del teatro que tantas veces detecta en la provincia. Lejos de perseguir un subsidio, busca el sentido, la reflexión, la lupa del humor, la denuncia, la sensatez y la lógica de concebir al teatro como un lenguaje que escapa a la normativa.

-¿Se puede vivir de la actuación?

 Yo creo que de actor no se vive en lo más mínimo y menos en la provincia. Este es uno de los rasgos que hay que sacar del clóset del teatro mendocino. No hay posibilidades de ganar un sueldo más o menos digno. Eso nos limita y a la vez nos libera: nadie nos dice qué hacer, entonces hagamos teatro. Yo soy actor y hago lo que puedo de acuerdo a las posibilidades. Con mi afán de vivir de esto hice un velorio, un entierro.

-¿Qué opinión tenés sobre la realidad cultural actual?

 Creo que la cultura sirve para iluminar un poco, para repensarse. Veo a la cultura local siempre en coma inducido. Se inventan festivales, comedias municipaloides… Hay que relajar los esfínteres y saber que estamos parados sobre el callo, sobre la pregunta, sobre la frustración y no sobre el poder de tal subsidio. Boludez, boludez, boludez. Mendoza culturalmente es un poco miope, estrábica y tiene alucinaciones. No hay una industria realista y a algunos espacios hay que pedirles permiso para entrar. En cambio valoro mucho el trabajo en la periferia, en lo autogestivo, en lo que escapa a los espacios legitimantes. El resto está para mí, en tela de juicio, y está perdiendo el juicio. Esta es mi mirada sobre el ámbito que habito. Por fuera de los jueces y los jurados, esa cuestión valorativa que está muy demodé en Mendoza y que es del Siglo XX, me interesa más el encuentro, la clínica, el echar luz sobre la posibilidad de la reflexión.

 

 

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