Una pintora que además es viticultora y analista en sistemas. Exploradora material de las imágenes que la habitan, prepara dos exposiciones, una para cuando pase la cuarentena y otra como la próxima artista invitada de MovArt.

    Un jardín en altura y una puerta de más de cuatro metros separa la calle tranquila en la que vive Sandra Persia, de su casa. Al ingresar, lo primero que queda a la vista es un mural del artista Osvaldo Chiavazza, presente en otra obra que delata la admiración de la pintora por sus trabajos. Una escalera de cemento nos lleva a su atelier, pegado a su dormitorio. En este primer piso y con un ventanal gigantesco que refleja el cielo, Sandra juega entre dimensiones y colores. Hay pinceles, brochas, espátulas, acrílicos, bastidores en blanco y cuadros listos, motivados por la abstracción.

    Su casa es una especie de galería de pinturas propias que dialogan con momentos y etapas de su vida. Desde hace 21 años, cuando pudo soltar algunas viejas ataduras, retomó lo que internamente quería: pintar y fluir con los colores. Y, así, buscó en el maestro Ángel Gil una referencia que con el tiempo se volvió fundamental. Durante seis calendarios completos, los encuentros en el taller la ubicaron en el lugar creativo y artístico que necesitaba.

    Sobre el tablero, el piso o el atril, los modos y los procesos varían. Paletas más neutras y otras donde vibra el color. Sandra siente que la evolución, los ciclos y la vitivinicultura son temáticas presentes en su producción artística, aunque desde una disposición sin figuras, más bien líquida, espontánea y en movimiento. En su faceta de viticultura, la uva que produce en su finca de Gualtallary es luego adquirida por bodegas y hasta tiene un vino propio que no comercializa.

    «Desde muy chica me gusta pintar y tuvimos la suerte con mi familia de pasar tiempo en Italia, viajar e ir a museos. Soy la tercera de cuatro hermanas y un hermano. Mi mamá es ceramista y en su familia muchas personas se dedicaron al arte. En los genes ya lo llevaba. Tuve la posibilidad, más de grande, de vivir en una finca en Tupungato y desde ahí yo pintaba con la mente. Tengo una gran conexión con los colores, esté donde esté me siento movilizada por eso», describe Persia, una convencida de que la pintura la salvó.

    Lejos de perseguir un objetivo o de buscar determinado resultado, para Sandra el trabajo en el taller es la posibilidad de ser quien quiere ser y a la vez es un camino exploratorio en el que nota su propio desarrollo. Cuando sus obras llegan a otras personas, el disfrute se traslada al intercambio con el espectador, que completa el círculo solitario que habita cuando trabaja. «Con Osvaldo Chiavazza fui durante un año a su taller y si bien no fueron clases sino aportes de su parte hacia mi pintura, él me ayudó bastante a soltarme, a desestructurarme y animarme a darle más color y tamaño a mis pinturas».

    Sandra Persia x

    En un tiempo con pausas permitidas y en esta nueva manera de conectar con el presente, la artista se enamora de sus momentos por fuera del trabajo y las obligaciones, por fuera de los traslados y las reuniones. Con dos de sus hijas disfruta del espacio común en la comodidad de su casa y atesora los lapsos donde lo que hace es fluir entre pigmentos. También prepara una instalación que requiere del olvido de la cuarentena para ser mostrada y un recorrido virtual que seguramente la tendrá como próxima autora del ciclo de arte itinerante MovArt.