Su casa en Guaymallén es un museo, un espacio de producción y un refugio para la constancia creativa.

«Todas las habitaciones son talleres de artistas”, dice Omará Serú al ingresar a su casa y luego de enchufar una de las esculturas robóticas de Gabriel Nobiltá ubicada en el interior de Casa Serú, donde también hay obras de la anfitriona y pinturas de Marcelo Marchese. Los tres trabajan en el lugar, y en el caso de ella, vive allí. En cada recoveco, en la cocina, en las columnas, sobre los marcos de las puertas, en el piso, hay obras de arte, inclusive de su hijo Gabino. Completan el staff de producción creativa el estudio de tatuajes 580, el taller de enmarcado de José de Diego y «un museíto» de tecnología antigua -que crece-.

 

Pinturas, esculturas, dibujos y objetos están distribuidos en los rincones de esta casona situada a pocas cuadras de la Terminal que puede ser visitada con cita previa: «una casa taller transformada en una laberíntica galería de arte con iluminación profesional”. Además, una muestra individual reúne unas doce obras de Omara en la Cava de Arte de Bodega Santa Julia. Retratos (de Gardel, de Fontanarrosa, de un cacique mapuche) se suman a esta selección de pinturas urbanas y rurales, en palabras de la curadora Pupi Agüero.

«En las obras que están en la bodega aparecen ciudades imaginarias donde falta perspectiva; los paisajes no son tan paisajes. También algunos personajes populares a los que les quise rendir homenaje, aunque eso ocupa un segundo lugar. Yo quería hacer retratos y para eso tomé personas que me gustan», afirma la artista egresada con honores de la UNCuyo. Por estos días pinta por primera vez sobre una superficie en la pared, y comparte su idea avanzada de ese lienzo: un trono que portan dos hombres con un fotograma de la película Pulp Fiction: «Todavía no sé si John Travolta con los dedos así (hace la mímica con la manos), o Uma Thurman cuando está en el baño de mujeres, o cuando Samuel Jackson le toma la bebida a los otros delincuentes».

A Omara le gustaría probar en algún momento con la escultura, aunque siempre cercana a ese estado que encuentra en el arte y al que describe como una forma de no ser, como una cuerda profunda que no tiene palabras que la definan y a la que espera tocar de tanto en tanto para mantener la esperanza latente. «Lo que hago tiene que ver con un oficio concreto, real, y con un modo de vivir. Por supuesto que si uno es artista es artista siempre. Lo que pasa es que en el quehacer específico se concentra más esa forma de ser o de ver el mundo». Libre de todo se encuentra en sus pinceladas diarias, en un ritmo y en mil formas que la llevan a la figuración, porque algo en ella se niega a ser abstracta.

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