La artista y su pareja, Leandro Pintos, se preparan para lo que viene: “Durmiendo con El Enemigo”, la muestra que tendrá lugar en el espacio del enólogo Alejandro Vigil, en Maipú. Ella ultima los detalles de sus pinturas, mientras que él deja salir figuras que primero dibuja y luego lleva a esculturas de chapa y madera

«Son los patios otra vez», dice Laura Rudman Belmes. «Patios que tienen que ver con lo íntimo». En la casa de sus padres en Godoy Cruz, donde creció de niña y ahora pinta cada mañana, la artista mendocina despliega sobre la mesa de la cocina sus instrumentos: un cuaderno, un lápiz, bocetos (que no son otra cosa que ideas escritas), pinceles, acrílicos y un mate que comparte. «Tengo una lista interminable de posibles obras ligadas a historias de amor pero para la próxima muestra me parecía que estaba bueno sacar estos patios acumulados en mi cabeza», cuenta.

El encuentro, la palabra, huellas de ese espacio abierto donde algo sucede. En esos diálogos invisibles, una grulla, un barco de papel; en esos patios de baldosas antiguas, distintas perspectivas, algunos recuerdos, el movimiento de lo onírico y las construcciones de otro tiempo: «Me encantan las cosas viejas, pero creo que es por la dedicación con la que fueron hechas, por lo artesanal, por la presencia de lo humano». La libertad, los libros, las charlas fueron parte de su entorno en cada etapa de su crecimiento. El tronco familiar, dice, es su madre; las historias, el narrar, claro, tienen todo que ver con su padre.

–¿Sentís que hay una transmisión, una comunicación de valores, en tus pinturas?

(Piensa). Yo creo que sí, ¿no? Esto de la conexión con otros, el estar a disposición de otros desde lo que uno hace y desde lo que uno es, ayuda a construir el mundo, la vida cotidiana. La vida cotidiana es con otros.

–Y la construcción amorosa con Leandro Pintos, tu compañero, que además es escultor y dibujante, ¿cuándo empezó?

–Esa sí que es una construcción histórica (risas). Nos conocimos en la Escuela Provincial de Bellas Artes, cuando yo tenía 16. Desde entonces somos compañeros: hemos crecido juntos y nos acompañamos en el laburo y en la vida. Somos bien duros en la crítica con el trabajo del otro y eso siempre permite ver lo que uno no quiere ver. Yo siempre digo que el Lea es mi arma secreta porque es un alivio ir a montar una exposición con él; nuestras obras juntas funcionan muy bien, se ven hermosas, debe ser por la génesis.

Hace algunos meses La ciudad de la música (Ediciones Culturales) vio por primera vez la luz y Laura Rudman volvió a ser ilustradora editorial para los más pequeños (la primera experiencia la había tenido con Vacaciones fantásticas, de Emilio Fernández Cordón). El cuento que escribió su hermano Luciano fue presentado en el Certamen Vendimia 2016 en la categoría Infanto-Juvenil, y si bien no quedó entre los ganadores, meses más tarde fue editado por recomendación del jurado. «En estos tiempos en que se acusa con un dedo largo y siniestro a quien piensa distinto, en este lugar donde hay gente que quiere hacernos creer que es lo mismo un ladrón de gallinas que un ladrón de bebés, es necesario, más que nunca, velar por el sueño de nuestros niños… Mi manera fue ilustrar La ciudad de la música», escribió tiempo atrás.

Laura va por las historias. Las pequeñas y profundas. Las de las cosas simples. Los pinceles son su herramienta y las luchas que considera justas muchas veces su motor. Guarda los aprendizajes de sus maestros y despliega a diario su mundo de imágenes que explica con colores y  rastros de personas que nunca aparecen pero que siempre están allí. Sus recuerdos inventados son los que evoca, esos delicados juegos mentales que aman los detalles e hilvanan una obra tan viva como conmovedora.

Como escribe el crítico Andrés Cáceres, su obra es, de algún modo, inminentemente social: «Necesita, como el aire, una comunicación existencial constante. Y sale al encuentro. En el patio de la infancia. En el bar que mira a la calle y es un retazo de calle. Y desde la altura. Para encontrar al otro mundo en su comunidad y, entre ellos, encontrarse».

Dormir con el enemigo puede visitarse durante todo el invierno en Casa El Enemigo, Videla Aranda 7008, Maipú. Para más información comunicarse al 261 413-9178.

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