Creador de etiquetas que «narran la película que está en la botella», Nano Alfonsín, cuenta parte de su historia gráfica y sus procesos. 

    En la adolescencia, Nano dibujaba no sólo lo que venía a su mente o a su mano sino su entorno de elementos gráficos. Desde el packaging de un producto hasta las cajas de los juguetes, los posters de las revistas, los cómics, las etiquetas de las bebidas, los carteles de la vía pública o la publicidad en general. «Yo creo que en esa etapa empecé a tomar más noción o a prestarle más atención al diseño. Quizás yo no sabía quiénes se encargaban de eso o cuál era su profesión, pero sí empecé a tener esa información mucho más presente».

    Qué estudiar no fue entonces un dilema, aunque lo que decidió con los años de cursado fue cambiar de universidad, especializarse en Barcelona y luego de trabajar en algunos estudios locales, vivir nuevas experiencias hasta emprender por su cuenta. En Nano Alfonsín Studio comparte equipo con su colega y amigo Gerardo Ruiz (Panda) y su novia Ángeles Tucci Gibbs, responsable del área administrativa y comercial.

    Como empresa trabajan desde entonces en el mercado vitivinícola de Mendoza pero también  para bodegas y marcas de espirituosas de Chile, México, Emiratos Árabes, Italia y Gran Bretaña. «Siempre estamos en busca de nuevos mercados. También para tener la posibilidad de hacer diseños no sólo para vinos sino de otras bebidas alcohólicas que nos parecen sumamente interesantes», expresa.

    ¿Qué recorrido hiciste hasta especializarte en el diseño de etiquetas de vinos?

    Estudié Diseño en la UNCuyo hasta tercer año y en cuarto me cambié a la Universidad Champagnat. Después de recibirme di clases hasta este año. Me metí en el mundo del vino, laboralmente hablando, por la hermana de una amiga que es enóloga. Fue hace unos 10 años, cuando todavía estaba estudiando. Ella me propuso hacer unas etiquetas para su proyecto y luego surgió la posibilidad de hacer otras para una bodega de acá y más tarde para Estados Unidos.

    ¿Cuál era tu relación con la industria vitivinícola hasta entonces?

    El vino siempre estuvo en mi casa arriba de la mesa. Y cuando empecé a prestarle atención a lo gráfico, las etiquetas de vino era lo que más me atraía. Cuando tuve la oportunidad de trabajar en el rubro me atrapó desde el primer instante. Estuve en un estudio en Mendoza por tres años y luego viajé a especializarme a Barcelona, donde veía un tipo de diseño y packaging que acá no se estaba implementando y que me volaba la cabeza. Ese fue un intercambio profesional sumamente enriquecedor: Barcelona fue un clic y un cambio dentro de mi profesión.

    Cuando volví renuncié al estudio en el que trabajaba para emprender solo y fundé Nano Alfonsín Studio.

    ¿Por qué se caracterizan los proyectos que abordan y cómo es el proceso hasta finalizar un trabajo?

    El proceso empieza con una charla con el cliente, que es el que conoce su proyecto. Él trae un problema que nosotros tenemos que resolver y muchas veces ya sabe el camino que busca o la identidad que pretende darle. Cuando es así, nuestro trabajo simplemente está en traducir eso que nos comunica y buscarle una estética y códigos para darle un sentido. Cuando el cliente no sabe bien lo que quiere, está en nosotros y en nuestra capacidad el poder desarrollar y darle identidad al trabajo. Creo que el packaging es tan importante como el producto porque los dos se retroalimentan entre sí; un producto no se va a vender solamente por su contenido sino que muchas veces la primera venta sucede gracias al packaging, pero si lo comprás por esto y después el producto no está a la altura del diseño, el resultado es totalmente contraproducente.

    ¿Qué pasos deben seguir, la mayoría de las veces?

    Definir la estética que le queremos dar y armar moodboards o tableros de inspiración, donde recolectamos diferentes elementos que nos servirán a la hora de diseñar. Desde colores, diseños, tipografías, fotografías, cualquier cosa gráfica que a nosotros nos sirva como para matizar y visualizar la idea en nuestra cabeza. Después de ahí, es un proceso diario donde vamos armando un gran rompecabezas con las piezas que fuimos juntando.

    ¿Qué importancia le das a la ilustración en tus trabajos, que además son tuyas?

    Actualmente estamos trabajando bastante para el norte del país y para Chile con un vino ultra premium cuyo diseño lleva muchísima ilustración. Nosotros vemos a las etiquetas como pequeños pósters que narran la película que está en la botella. Cada vino, cada bebida, cada producto es diferente. Es nuestra forma de ver el packaging y hacer que se distingan entre sí; hay historias que son más divertidas, otras más antiguas o épicas y buscamos darles una estética acorde.

    Si bien utilizo mucho las ilustraciones para las etiquetas y dibujo bastante, no me considero un artista porque las ilustraciones que hago responden a un problema y ahí la ilustración toma un sentido: resolver un tema gráfico y responder a un cliente, entonces tiene un fin comercial. Creo que el artista expresa sus sentimientos, su sensibilidad y el fin es transmitir a través de un medio lo que uno lleva adentro. Creo que ahí rige la gran diferencia entre un artista y un diseñador.

    ¿Cuáles son tus facetas menos conocidas y qué planes te esperan?

    Soy muy obsesivo y detallista; siempre tengo puesto el ojo sobre el proyecto, desde que comienza hasta que se imprime. Me gusta estar en todos los detalles, darle su tiempo para dejarlo estacionado y volver a revisarlo, me gusta ir a la imprenta para controlar la calidad, me gusta controlar los colores y que todo salga excelente. El mundo del vino me atrapa no sólo desde el lado del diseño sino también por lo que engloba y he empezado a coleccionar vinos. Es un lindo hobby que arranqué hace poco.

    En cuanto a planes por delante, estoy con unos amigos por armar un nuevo estudio donde cada uno tenga su espacio. La idea es que sea un polo creativo en Mendoza y que se pueda desarrollar más allá de la profesión y el trabajo de cada uno, charlas, workshops y algunas cosas más. También, a nivel laboral, seguir expandiéndome con clientes internacionales. Al estudio lo tendremos con Martín Orozco y Remi Basoalto (Oveja & Remi), con los cuales tenemos la misma visión y queremos apostar a que Mendoza siga creciendo. Pensamos que estamos en un muy buen lugar, donde hay una enorme capacidad de profesionales y creativos, y queremos seguir empujando para que la provincia tenga otra proyección no sólo a nivel nacional sino fuera del país también. Ya tenemos el estudio, ahora solamente falta armarlo y que empiece a funcionar.