El músico y humorista pasó por Mendoza y no sólo tocó el jazz que tan bien sabe hacer, sino que habló de su relación con el vino y su amor por estas tierras

El músico y humorista Gillespi (Marcelo Rodríguez) llegó a la provincia junto a su banda para el ciclo de dos noches Cook & Jazz (auspiciado por Supervielle Identité), que tuvo lugar en Park Hyatt y fusionó su música con la cocina de Nadia Harón y Monserrat Martiarena y los discos de Agustina Antonini. En un descanso que hizo en la Bodega Monteviejo habló con INMENDOZA.

–¿Qué te une con Mendoza? ¿Qué relación tenías con el vino antes de tener el tuyo?

–Mendoza siempre fue una provincia que me gustó mucho. A veces puedo venir seguido y otras no tanto como me gustaría. En cuanto a mi relación con el vino, te diría que viene de la adolescencia. Mi viejo tomaba y yo lo tomaba con soda en esa época. Siempre me gustó más el vino que la cerveza, el whisky o los tragos. Soy muy del vino tinto básicamente, pero también cuando empieza a apretar el calor me tomo un torrontés o un Chardonnay bien fresco. Mi relación con el vino es como bebedor, soy un gran inversionista desde la compra.

–¿Cómo surgió la idea de hacer tu vino?

–Fue una idea de Marcelo Pelleriti. En una de mis visitas a Monteviejo, donde vine a tocar, hicimos un concierto hermoso y nos quedamos un par de días en la bodega. Ahí compartí un poco la vida con él y una mañana me propuso hacer mi vino. Yo no sabía nada más que beber. De eso se trata, me dijo, de hacer algo que te guste. Estuvimos un buen rato probando pequeñas porciones y de esa cata de unas 30 botellas sin etiquetas hice una selección. El vino que va a salir ahora es un Malbec 100% de Monteviejo, me pareció suave y yo quería algo así, y también hicimos un blend con Cabernet Franc y Malbec, que posiblemente salga el año que viene.

–¿Qué mirada tenés sobre la música actual?

–Mi mirada sobre la música actual es un poco melancólica, si se quiere, nostálgica. Yo creo que naturalmente uno queda anclado a su adolescencia, donde la música te pegaba de una manera distinta. Me parece que eso le pasa a todas las generaciones. Mi hija tiene sus bandas que le gustan y seguramente son las que perdurarán a lo largo de los años; a mi viejo le gustaba el tango, el jazz, las big bands; y a mí me pegó mucho la música de los años ’60 y ’70, el jazz, Miles Davis, Thelonius Monk, Herbie Hancock, James Brown en lo que es el funk, los Beatles, los Rolling Stones y el rock nacional de pura cepa: el Flaco Spinetta a la cabeza y Charly, que para mí son dioses, también contemporáneos míos: Sumo, banda con la cual tuve la suerte de participar, como también Divididos, Las Pelotas, Los Redondos, Soda Stereo, Cerati. Soy bastante clásico, si se quiere, y a la música actual la veo con distancia. Hay cosas que me gustan, como Lucio Mantel, Lisandro Aristimuño y bandas como Sig Ragga, pero el 80% de la música que escucho es la que quiero, que adoro y de mi generación. Trato de descubrir lo que está pasando pero mi corazoncito ya quedó allá, ¿viste?

–¿Qué te atrapa del jazz y qué del rock?

–Son músicas emparentadas. El rock de alguna manera surge del jazz y del blues, es una versión más juvenil y alocada de esos géneros. A mí el jazz me pega en el cerebro, en lo mental e implica un compromiso del oyente, que si no conecta no entiende nada; en cambio el rock es más visceral, es la fuerza, es el músculo, es el baile.

–A pesar de ser idiomas distintos, ¿qué elementos en común encontrás entre tus discos, tus libros y tu trabajo en radio?

–El punto básico es que los hago yo. Me dejo llevar en cada disciplina y trato de ser lo mejor posible para ser un buen conductor de radio, un buen escritor y un buen músico sobre el escenario. Me parece que en definitiva en cualquier cosa que haga estoy tratando de contar quién soy y cómo veo la vida o de qué manera la vivo. Eso busco transmitir. Tengo una visión un poco positiva de las cosas, con cierto humor, con cierto relax y trato de profundizar en la medida de lo posible. Intento no ser superficial en lo que hago aunque tampoco quiero ser muy cabezón, muy cerebral y muy lejano de la gente. Yo busco integrar, por eso cuando escribo libros trato de ser un amigo que cuenta un cuento. Me esfuerzo por sacar tecnicismos de mi escritura, de dar datos que nadie conoce, de hacerme el canchero con discos o artistas que nadie sabe. Trato de privilegiar lo que tengo en común con las personas y de llegar a la mayor cantidad de gente posible con mi estilo. Soy diverso: me gusta picotear un poco de cada cosa. Me aburriría hacer 100% algo. No soy todo el tiempo lo mismo.

–¿Cuánto hay de riesgo y de no perseguir resultados sujetos a lo comercial en lo que hacés?

–Siempre hay riesgo en lo que uno hace porque hay que sobrevivir. Si hacés algo que nadie ve o escucha se complica para trabajar pero tampoco es algo que a mí me preocupe demasiado. Trato de que lo mío sea lo más entendible posible y de que la gente se involucre, se meta. No he hecho cosas buscando el rédito comercial, nunca lo hice. Lo que trato es de tener una personalidad que a lo largo del tiempo perdure, es más una carrera de regularidad que de velocidad. Me gustaría tener una trayectoria de 40 o 50 años, si puedo. No me planteo el éxito rápido porque para mí es una trampa en la cual no quiero entrar.

–¿Qué impresión te genera la banalidad que muchas veces rige y persigue «la cultura»?

–A veces el ambiente cultural en general tiende a ser un poco elitista, como que la cultura es algo a lo que la gente no puede acceder y por eso una élite de elegidos la disfruta. Yo no coincido en ese sentido.

A mí me gusta muchísimo Charly García, por ejemplo, un artista con mayúsculas que ha sabido golpear en el corazón de la gente, vibrar en la misma sintonía que el público común, que cualquier persona. Esa es la cultura que a mí más me gusta, más que las cosas a las que van cuatro personas. Yo creo que la cultura es un bien común, un patrimonio que tenemos todos y que tenemos que cuidar, es una forma de encontrar un poquito de elevación en nuestra cotidianeidad. Una lectura, un libro, una buena película, un lindo disco, hasta ahí me copa. Después, todo lo culturoso y pretencioso, ya no me copa tanto.

Cuando la cultura se vuelve elitista creo que perdemos un poco la batalla porque alejamos a la gente y finalmente termina siendo captada por artistas mediocres manejados por el marketing de los sellos discográficos. En Uruguay encuentro que se ha mantenido lo popular con calidad, como en algún momento fue en Argentina. Hoy la televisión es una desgracia. La obra está, los libros están, los discos grabados también, nuestro acervo cultural está, sólo hay que recuperarlo.

Fotos: Nacho Gaffuri – Park Hyatt Mendoza.

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