El artista plástico inaugura su primera muestra en Mendoza y junto a las obras de Alberto Musso y Cristina Pérez, es parte de la última propuesta expositiva del Museo Carlos Alonso.

Los paisajes imaginarios de Gabriel Sainz brotan como especies desconocidas, como vuelos poéticos, como esperanzas de un tiempo que parece un no tiempo y como reflejos de una realidad que más bien suena a fantasía. El artista, nacido en Buenos Aires en 1967, ha llevado su magia onírica de acrílicos sobre tela por Buenos Aires, Tandil, Córdoba, Estados Unidos, España y Suiza.

Hace dos años, cuando sobrevoló Los Alpes invitado a cumplir el sueño de acercarse a su montaña favorita, el Matterhorn, tomó cientos de fotografías sin mirar a la cámara, con las manos temblorosas y una adrenalina que aún manifiesta en su relato. Un fragmento de esa vivencia en altura es parte de una de las obras que actualmente exhibe en el Espacio B del Museo Carlos Alonso. «Tardé mucho en creer que eso sucedió porque desde la adolescencia añoraba con estar ahí. Sigo soñando con ese vuelo. Ese paisaje, el de mi cuadro, no existe, sino que junté distintas montañas», dice el artista, que cuenta con numerosos premios y reconocimientos.

Lugares que puede describir con precisión y otros que no existen, situaciones que en verdad fueron otras, momentos que habitan porque él los habilita, están ahí, pintura a pintura. Una infancia marcada por la porteñidad, una madre estudiante de Bellas Artes y un padre aficionado al dibujo, estimularon lo que luego sería su vocación. Becario de la Fundación Antorchas, asistió a los talleres de Guillermo Roux, Eduardo Faradge y Juan Doffo (Argentina); Antonio López, Andrés García Ibañez y Golucho (España).

¿Qué presentás en «Pinturas», tu primera exposición en Mendoza?

Es mi segunda participación en la provincia luego de la realización del festival Plus+Arte 2018, donde estuve con una obra invitado por Gabriela Nafissi. En ese viaje conocí a la directora del Museo Carlos Alonso, Lali Tinte, y tiempo después de venir a esta sala me invitaron a exponer. Son pinturas sin títulos y no es que no los piense sino que a veces no quiero adornar más la cosa. Quería mostrar mis pinturas y es como una especie de taller abierto.

¿De qué modo trabajás? ¿Qué lugar ocupa la fotografía en ese proceso, los recuerdos, la fantasía y los sueños?

Trabajo con muchos cuadros al mismo tiempo y rara vez tengo la pintura en la cabeza. Las fotos que tomo son pensando en la obra, en retener una situación, pero cuando las veo luego, rescato un rincón, reemplazo elementos que no estaban ahí, encuentro situaciones y voy haciendo una especie de relato a partir de un collage mental. Acá está todo mezclado. Hay algo más realista y una vuelta a lo fantástico que no es consciente. Hay cuadros que tienen 12 años, algunos aún inacabados, que han transitado distintos procesos. Hay obras, como el retrato del pintor, que debajo tiene dos cuadros tapados que inclusive expuse en su momento.

¿Qué quiere decir para vos que la obra esté inacabada?

Que siento que puedo agregarle cosas y modificar la imagen según me lo imagine. En algunos casos es muy evidente y creo que el visitante puede perfectamente darse cuenta. Es como una visita a mi taller, donde hay cuadros terminados, otros inacabados, telas repintadas, nada barnizado y pocos firmados o con la firma escondida, pero creo que eso es sincero para mí. Tomo diferentes pedazos de fotografías o recuerdos que voy armando, como un rompecabezas nuevo que necesito hacer. Si no hago un collage me aburro, necesito jugar con la materia y con la imaginación. Voy quitando, sumando y sacando de contexto. Yo arranco y después veo qué hago. Siento que están vivas mis obras y no pienso en la exposición ni en la venta: hago lo mejor que puedo hacer con una idea y después lo otro sucede, como vivir.

El oficio desarrollado te permiten ir detrás de esas imágenes, ¿no?

No lo sé bien. Depende del espejo que me mire; sé que puedo dibujar, doy clases, pero la técnica es un medio para llegar a una especie de poética. A veces pienso que es como darle un abrazo al cuadro. Si soy sincero y no quiero agradar sino que pinto el mundo que tengo en la cabeza en un momento determinado, hay personas a las que les va a gustar y otras a las que no, pero soy yo y no me estoy maquillando para nadie. Me da paz hacer lo que tengo ganas de hacer.

Actualmente vivís en Buenos Aires, ¿cómo recordás tus años en la Patagonia y qué le aportaron a tu producción artística?

Vivo en el Conurbano, mi taller está en un altillo en el que es difícil pintar obra grande, así que esa parte la realizo en el fondo que hice en la casa de mis padres. En Bariloche trabajé en la Cordillera como dibujante técnico haciendo planos de la ruta que se estaba construyendo con el Bolsón. Todos los días y en las cuatro estaciones tenía que bordear tres lagos; yo tenía 21 años y ese encuentro con la naturaleza me conectó no con otro mundo ni con otra región sino con otro planeta. Conocí personas que no sabían lo que era la electricidad, que iban a pie bajo la nieve durante kilómetros, animales autóctonos con los que me crucé: toda esa experiencia me cambió la cabeza. Eso se metió en mi pintura cuando decidí dedicarme exclusivamente a ella. Tengo esa cicatriz adentro, sueño con ese lugar, su aire y sus colores. Siempre pienso en volver.

Musso y Pérez, también en el Museo

En el Espacio A se puede ingresar al mundo artístico de Alberto Musso, con «Fronteras», que puede visitarse hasta el 17 de noviembre en Emilio Civit 348, Ciudad de Mendoza.

Musso nació en 1939 en Justo Daract, provincia de San Luis. Comenzó su formación artística en Villa Mercedes y la continuó en Mendoza. Egresó de la Universidad Nacional de Cuyo. Vivió en Misiones, donde ejerció la docencia y de vuelta en nuestra provincia fue profesor titular de Pintura de la Facultad de Artes y Diseño. En Guaymallén fue declarado «Ciudadano Ilustre».

«(…) Una de las características más destacables de su pintura es pues la figuración. Su arte tiene siempre un hilo sustancialmente narrativo. En algunas de sus obras esa narración es explícita, en otras se encuentra difuminada y en algunas otras se obstina en permanecer de modo críptico, tal vez cerrada con claves personales que hacen tanto más sugerente el motivo del cuadro (…)», así lo expresa el profesor Daniel von Matuschka, curador de la muestra.

En la planta baja del Espacio B se puede recorrer, hasta el 6 de octubre, «Pinturas» de Gabriel Sainz. El primero y segundo piso es parte de «Exuberancia. Relatos de los Cuerpos», de la artista plástica, cantautora e investigadora Cristina Pérez.

Egresada de la Facultad de Artes y Diseño, de la UNCuyo, estudió además escenografía, animación y producción audiovisual en Mendoza y Buenos Aires. En palabras de la curadora Ana Amico: «Cristina Pérez en múltiples facetas y lenguajes del arte, pone en acción dispositivos para construir objetos estéticos, que en capas infinitas, invitan a adentrarse, detenerse, reconocerse, deconstruir en cada obra enfoques y experiencias estéticas, en las cuales se conjugan temporalidades que se entrecruzan, constituyéndose en anacronías, en el marco de la selección de obras que en esta oportunidad configura la exposición. Quien se aventura frente a la obra, hasta podría encontrar su reflejo en ella».