Desembarca en las salas del país una de las películas más esperadas -y polémicas- del año.

    DDon’t Worry Darling es el segundo largometraje de Olivia Wilde, actriz estadounidense que en 2019 debutó como directora con Booksmart. Su nuevo trabajo tras la cámara tiene como protagonistas all chico del momento, Harry Styles -pareja de Wilde en la vida real- y Florence Pugh, nominada al Oscar como mejor actriz de reparto por su rol en Mujercitas (2019).

    El film comenzó con el pie izquierdo desde antes de iniciar el rodaje y continuó con todo tipo de rumores y polémicas que involucraron a los actores y a la directora durante y después del mismo. La producción no pasó desapercibida en el Festival de Cine de Venecia, donde tuvo su estreno. La prensa, motivada por estos conflictos, se ensañó con Wilde por su supuesto mal accionar, castigando a la obra. Pero lo cierto es que Olivia Wilde no es una pésima directora y Don’t Worry Darling no es una mala película.

    La historia nos sitúa en una especie de utopía llamada Victoria, una ciudad experimental ambientada en la década del 50’ en pleno desierto de California donde la dinámica de amas de casa y esposos felices y trabajadores es la norma. Allí viven Jack y Alice, una pareja aparentemente feliz, pero esa perfección se ve alterada cuando Alice empieza a cuestionar el Proyecto Victoria, el trabajo que está desarrollando su marido. Así, comienzan a aparecer grietas en su idílica vida, exponiendo destellos de algo mucho más siniestro que acecha debajo de esa atractiva fachada.

    Desde los primeros minutos de cinta la historia resulta familiar. ¿Es algo que ya hemos visto? The Truman Show, The Handmaid’s Tale, Pleasantville y Black Mirror son algunas de las producciones que vienen a la mente mientras nos adentramos en la historia, pero la verdadera referencia es The Stepford Wives, película de 1975 dirigida por Bryan Forbes que tuvo su remake en 2004 y que a su vez está basada en una novela del mismo nombre escrita por Ira Levin (Rosemary’s Baby).
    IMG_7033

    Las similitudes entre ambos largometrajes son obvias. Hay amas de casa, maridos exitosos, sociedades secretas exclusivas para hombres, una ambientación de mediados de siglo y mujeres que cuestionan la realidad que se les presenta.

    Si bien es un claro homenaje y -además- la película toma ideas preexistentes que ya hemos visto en el cine y en la pantalla chica, Wilde consigue darle una vuelta de tuerca a la historia que hace que funcione y no deja indiferente al espectador.

    Desde el principio es fácil adivinar hacia dónde está encaminada la trama. La construcción de este mundo perfecto deja entrever que detrás de todo aquello algo raro está pasando, enganchando a la audiencia para averiguar junto a la protagonista qué es lo que verdaderamente sucede en esa ciudad. Sin embargo, el plotwist es más rebuscado de lo que uno podría imaginarse. 

    Mención aparte merece la actuación de la británica Florence Pugh, quien sobresale del resto del elenco con una interpretación excelente, aunque todo el cast hace un buen trabajo. Harry Styles está correcto y, aunque no brilla tanto como su compañera, cumple con el papel.

    El diseño de vestuario, realizado por Arianne Phillips, es fascinante, al igual que la fotografía de Matthew Libatique – conocido por sus trabajos para el director Darren Aronofsky- y la música de John Powell. 

    Estamos ante un thriller psicológico con toques de ciencia ficción distópica que tiene un buen ritmo, está bien ejecutado y no aburre. Aunque algunos de los planteamientos del guión no están del todo resueltos y pueden parecer incongruentes, y que por momentos la trama resulta predecible, el giro final la hace salir airosa.

     No supera a la gran Booksmart, el coming-of-age aclamado por la crítica y la audiencia, pero cumple. Sólo queda disfrutar.