Hasta el 15 de marzo se puede visitar la muestra más reciente de la artista en Bodega La Rural, Maipú. Las pinturas seguirán luego el circuito de arte itinerante por los espacios vitivinícolas que propone el ciclo.

    Quieto o animado, es en ese estar detenido y en movimiento como aparece el abanico en el rompecabezas mental. Con sus varillas unidas a sus telas y papeles decorados, sujetos a la mano de alguien. Un objeto que contiene la fuerza de remover el aire, a veces con intensidad y otras con pausa. Abanicos asociados a lenguajes de otras épocas, geografías y culturas, pero también a momentos donde lo íntimo se vuelve parte de su esencia.

    Cecilia Carreras, formada en instituciones de prestigio de su Buenos Aires natal, es una artista enfocada en abordar su práctica creativa con el compromiso del desafío diario. Desde hace unos ocho años siente que la vocación de la juventud -a la que le destinó más o menos tiempo de acuerdo a sus circunstancias-, la atraviesa con la necesidad arrolladora de ser atendida. Ahora procesa con madurez su pasión motora y con un caudal expresivo imperdible.

    Hasta fines de febrero del 2020, la serie de once obras elegidas que representa «Abanicos», continuará expuesta en La Rural para iniciar luego su rotación. Con esta primera exposición dentro del ciclo MovArt, la pintora se integra al circuito de arte itinerante por bodegas y comparte su mirada de componentes que hablan de ella con total sutileza, y que ponen en escena a la naturaleza con la humanidad y a los objetos sin los sujetos. Trabajos que proponen estados amables como su creadora, en paisajes que parecen salidos de un cuento oriental.

    ¿Qué tema abordás en esta muestra y de qué modo apareció en tu desarrollo creativo?

    Por lo general trabajo con series, aunque a veces haya algo que no esté dentro de la misma, hay un lenguaje en común. En este caso presento «Abanicos», que de alguna manera tiene que ver con un disparador que tomé cuando expuse con la orfebre Agustina Argerich en Killka, Salentein, donde hice un abordaje sobre su taller y sus cosas. Dentro de ese mundo ella tenía unos abanicos antiguos, de su familia, unas piezas maravillosas que me impresionaron. A partir de ahí surgió la serie dentro de esa muestra y me quedó en la cabeza. Después trabajé con Pablo Robello para la galería Baalbek y cuando me propuso estar en MovArt surgió seguir por ahí, profundizando en eso. El significado del abanico pasa un poco por lo que se muestra y oculta. Aunque en el cuadro no aparezca algo tan evidente como el abanico, hay algo de sutileza que lo deja ver y no ver; plantea un halo misterioso y eso me atrapa mucho.

    ¿Cómo es tu proceso actual de trabajo?

    Investigo, me meto en el tema y en este caso aparecen también otras culturas porque hay figuras de persas, fenicios, pájaros. Yo hago mi propia versión y transformo todos esos elementos que a mí me inspiran. Cuando investigo y miro imágenes, eso queda adentro mío y después sale y surge. En La Rural hay obras de mediano y gran tamaño; son acrílicos sobre tela y sobre tablero de madera, que me permite hacer hincapié en detalles, con dorados y cobrizos, además de incorporar un poco de lápices de colores. La madera tiene un soporte que me gusta mucho y que se parece a cuando trabajo sobre papel. Algunos cuadros son más ornamentales porque tienen la riqueza de los colores y brillos propios del abanico. Hay naturaleza y detalles que se parecen a Medio Oriente; todo se va transformando y mezclando. Cuando trabajo en un proyecto le dedico muchas horas y cuando no lo tengo o no sale inmediatamente, sigo haciéndolo igual. De ahí surgen muchos cuadros de los cuales después elijo qué mostrar.

    ¿Hace cuánto tiempo vivís en Mendoza y cómo te sentís en relación al lugar?

    Hace 26 años que estoy en Mendoza, un poquito más de la mitad de mi vida. Me siento muy feliz de hacer lo que hago, de cómo lo hago y del entorno. Los primeros años fueron más difíciles y eran otras mis circunstancias personales, pero nunca perdí mi hacer, mi taller, mis espacios. Mi taller es mi mundo y donde trabajo, donde surgen las ideas, donde todo lo que está en el día lo absorbo y pasa a la obra de alguna manera u otra. Siempre está el momento que uno está viviendo, en mi obra siempre está el manejo del color y el trabajo por series. Me siento muy cómoda cuando en mis cuadros sale lo que tengo en mi espacio y en mi vida cotidiana: mis elementos, mis cosas, mi perro, mi silla, todo eso pertenece a mi mundo y cuando sale en la obra me encanta. Creo que estoy muy bien, con cierta madurez aunque esto no se acabe nunca y sea siempre un andar y un aprendizaje cada día. Mi labor es pintar, trabajar con humildad y dar lo mejor que tengo. Eso está en la cabeza de manera permanente, es un círculo: como estar conectada en un estado de flujo permanente, en una misma corriente.

    ¿Qué proyectos tenés por delante?

    Un proyecto muy hermoso para mí que es estar en La Casona (Bodega Los Toneles) los primeros días de febrero del 2020. Todavía no tengo el título… Darle nombre a mis muestras es algo que me gusta mucho por mis lecturas y por lo que voy sintiendo con los cuadros. De golpe sale la palabra. Esa muestra tiene que ver con mi mundo íntimo. Siempre estoy tratando de ver en qué lugar uno puede mostrar, qué espacios hay, estoy atenta a eso para poder compartir mi obra con el resto de la gente, porque también de eso se trata: poder mostrar es hermoso y que haya una comunicación, un ida y vuelta.

    «Abanicos» puede visitarse hasta el 15 de marzo en Bodega La Rural, Museo del Vino (Montecaseros 2625, Coquimbito). De lunes a viernes de 10 a 17 hs.; sábados de 10 a 14. Para más información comunicarse al 4972013.