La destacada creadora mendocina construye una obra sólida que la lleva a desafiar las propias fronteras para descubrir nuevas vivencias al otro lado de la montaña y mucho más allá.

Después de recorrer más de 22.600 km., atravesar en Tokyo un tifón, tomar el Shinkansen (tren) y llegar por fin a Miyasumi Park, estoy feliz de reencontrarme con mi familia artística del colectivo 59 Rivoli -de París- y con los nuevos participantes de distintas partes del mundo reunidos en las pacíficas montañas de Japón, para crear sin fronteras ni diferencias, unidos por el arte. Muy feliz por la invitación a participar por tercera vez en la residencia», expresa en una de sus crónicas japonesas la artista mendocina Yamila Marañón.

Un nuevo viaje la sorprende descubriéndose por las geografías del planeta, con su sensibilidad dispuesta y los elementos que componen sus obras laberínticas, sus instalaciones o esculturas, esta vez de cemento, piedra y cristal. Trabajos que trascienden límites e idiomas y refuerzan sus raíces simbólicas. Su última gran expedición fue en el Misaki Art World, un festival cosmopolita que lleva a los convocados a comunidades donde el arte contemporáneo casi no llega.

Durante dos meses, la representante del Parque de las Artes Marañón, ubicado en Uspallata, fue la única embajadora argentina en integrar el encuentro. De esa experiencia resultaron dos esculturas que quedaron emplazadas a cielo abierto en los parques Tamago y Miyasumi, en la localidad de Misaki-Cho. «Estoy muy agradecida con los organizadores, Raku Gaki y Yosuke Tsuchiya, y con las autoridades del gobierno de Okayama y Misaki, que hicieron posible mi presencia en este festival que realiza sueños en nuestros corazones y hermosas obras en nuestras manos», dice Yamila.

¿Qué representan, en tu experiencia, las residencias e intercambios artísticos?

Hacer residencias me atrae muchísimo porque me interesa crear obras que tienen que ver con los lugares, que han nacido de una inspiración que surge del contexto de estos paisajes, de esta idiosincrasia y cultura. Siento que mis obras, a pesar de que tienen una raíz bastante fuerte y un simbolismo desarrollado y claro, siempre se modifican en la estética, en la forma, pero también en los materiales, y eso me nutre muchísimo.

¿Cuál es la dinámica de trabajo en el Misaki Art World?

El Misaki convoca a artistas plásticos de otras partes pero también a muchos creadores locales en el plano de la música y el teatro; se realizan workshops para niños y hay una participación activa de la comunidad. De alguna manera es posible gracias a que el Estado apoya fuertemente esto, que a su vez tiene impacto en la prensa local. La dinámica del día a día es que las personas pueden visitar nuestros espacios de trabajo, ver cómo se desarrolla la obra y dialogar con artistas, en el caso de este año, provenientes de Madagascar, Francia, Burkina Faso, Japón, Polonia, Argentina y Alemania.

¿Cómo viviste tus días de festival?

Estuve trabajando en un taller rodeada de un parque hermoso de cerezos. Ese es mi contexto ideal: la montaña, la naturaleza y la paz para poder crear. Esta experiencia increíble y hermosa me ha transformado; poder convivir en paz y creativamente entre distintos pueblos del mundo me parece fantástico y es por lo que lucho. Además de trabajar en mis obras estuve haciendo workshops con niños de escuelas de la zona. Trabajamos en la construcción de laberintos, y en mi caso traje elementos que tienen que ver con nuestra cultura, como plumas de cóndor, para mostrar de dónde vengo y qué identidad es la que me representa. Es un desafío para los organizadores y para los artistas que participamos el poder comunicarle a la gente qué es lo que hacemos, qué es lo que queremos, por qué lo hacemos.

¿Por dónde continúa tu viaje?

La residencia terminó y ahora me encuentro en Tokyo trabajando en el Shibamata Art World, que organiza David Takahashi. En este caso expuse planos de mis laberintos en técnicas mixtas, proyección de videos y realidad virtual. Además de mi obra, el objetivo era presentar el Parque de las Artes Marañón, porque la idea es que el año próximo empecemos a hacer en Uspallata un evento por el estilo. En el Tokio Nomad Art que organiza Stephane Leroux (Atelier 485) también participo, un evento que dura sólo un día y en el que los artistas salen a las calles con sus obras por distintos puntos. Luego voy a la celebración del edificio artístico 59 Rivoli, en París, y a participar en Suiza del Land Art Biel-Bienne que organiza Kardo Kosta. Cuando termine todo esto vuelvo a Mendoza y el año que viene haré una residencia en China, en el Fine Art Museum of Ningbo, entre otros proyectos.

¿Es una necesidad la de estar en permanente movimiento?

La verdad es que no es algo que haya proyectado sino que creo que es parte de mi naturaleza. Me fui de Mendoza a los 19, 20 años, a vivir a París. Desde ahí que siento que no he parado de viajar y que ha sido el arte el que me ha llevado a los lugares. Creo que muy pocas veces he proyectado yo el hecho de ir. Siento que estoy más receptiva a recibir lo que la vida y mi carrera me proponen. Los siete años que estuve en París crecí muchísimo a todo nivel; tuve la suerte de ser parte del 59 Rivoli, un edificio ocupado que se convirtió en talleres de arte abiertos al público, con una convocatoria de 1.400.000 personas al año. Todos los que estuvimos ahí creamos una familia artística mundial, porque así como luego yo volví a Mendoza a crear mi propio espacio, otros artistas armaron el Misaki, por ejemplo. Estos viajes tienen que ver con la libertad, con que las fronteras, viéndolas desde este punto de vista, desaparecen para crear nuevas formas, nuevas propuestas de vida y de creación. Creo que somos bastante activistas en crear en espacios no convencionales.

¿Y de qué modo eso impacta en vos?

Lo hace en la estética de mi obra y en lo personal en sentir que hay una parte mía que es de Japón, otra de Francia, de Alemania, de Argentina, por supuesto, de Suiza y de los lugares donde he transitado en Latinoamérica también. Me siento mendocina y esa geografía me completa pero dentro de mí cohabitan un montón de paisajes, de lugares y de momentos de gran inspiración que me nutren en la obra y en la vida. Hay un factor que me interesa un montón en mi obra que es el simbolismo y puedo ver viajando cómo hay tantas formas y símbolos que se repiten en distintas partes del mundo y que me manifiestan esa unidad.