Viajero y apasionado de la fotografía, lleva adelante junto a su hermano el estudio de arquitectura AIA. Fragmentos de un joven en constante movimiento

«Soy muy mendocino», dice cuando se le pregunta por sus orígenes a Diego Alfonso. «Cuando era pibe, lo único que quería era que mis viejos me llevaran a la naturaleza. Creo que ahí es donde se gesta todo, donde existe la arquitectura perfecta de un Dios, de una fuerza o de lo que sea, en una obra que siempre está más allá del autor».

Estudió en la Universidad de Mendoza, aunque considera que aprendió mucho fuera del aula, dispuesto a encontrar en edificios y paisajes, información, disparadores e ideas para su mente curiosa.

«El día que deje de pensar en la arquitectura como si fuera un niño, la dejo. Considero que mientras más inocente y soñador sos, mejor te recibe», comparte el hombre atravesado por las aventuras que le dan los viajes y la exploración que le otorga la fotografía, dos pasatiempos indisociables de su vida presente –donde la nieve es también un destino vigente–.

«Mi casa, la de mis padres, siempre estuvo en obra. Mi padre fue un gran constructor, el mejor, y es algo que vi de cerca. Mis viejos me dieron libertad para elegir y nunca me preocupó la idea de qué quería ser», repasa el joven que junto a su hermano Pablo lleva adelante el estudio de arquitectura AIA, con sede en Godoy Cruz.

Fue un buen día que la imagen de un puente dispuesto en una revista lo ayudó a cruzar para encontrarse con su vocación.

«Algo que no dejo de sentir cuando veo arquitectura, no importa de qué tipo, de qué corriente, desde un rancho hasta una torre, es una enorme emoción cuando está cargada de diseño. A esta sensación le soy muy fiel, es una jueza para mí al proyectar o al guiar un proyecto en el estudio: ver cómo de la cabeza baja la idea y se transforma en algo que funciona, que responde a todas las preguntas y a su vez es hermosa…».

Al hablar de referentes, Diego menciona en primer lugar a sus padres, sus héroes: «Se hacían un “8” para pagar la Universidad, siempre quisieron que me enfocara en mis estudios y nada más». Dice que la enseñanza de alcanzar lo imposible con disciplina y esfuerzo la aplica a diario y que la influencia está dada por todo lo que lo atrae, por tener los pies en el aire y por maestros como Frank Lloyd Wright, Le Corbusier, Mies van der Rohe, así como la estética oriental y nórdica, ligada a una síntesis pura, simple e inteligente: «Cada proyecto que encaramos con mi hermano parte del concepto y además de nosotros hay un gran equipo de trabajo en el que cada uno hace lo que le gusta».

Aun antes de recibirse, Diego y Pablo le dieron forma a AIA con un espacio cedido por su padre, con dos tableros, dos lámparas y muchas maquetas. Sin un solo cliente marcaron el norte: diseñar. Tiempo más tarde lograron su primer encargo. Desde entonces los convocan a trabajos cada vez más grandes, más complejos y –considera Diego– «más divertidos».

Llevan ya más de 20.000 m2 proyectados y construidos, y actualmente trabajan en un club náutico, una bodega en Barrancas, dos restaurantes, casas y complejos de departamentos.

«No podríamos pedir más oportunidades de las que tenemos hoy, somos muy afortunados y estamos muy agradecidos. Mendoza es cuna de grandes artistas y se está gestando una identidad tan fuerte que nos hace consistentes y autosuficientes. No dejo de admirarme y disfrutar cada día de lo que está pasando. Debemos despreocuparnos por la vanguardia y seguir con nuestra autenticidad, materializando lo trascendental», comparte con INMENDOZA.

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