El circuito de bares alternativo para tocar en Mendoza está en su momento de ebullición. Nada mejor que escuchar la banda que te gusta en vivo, cómodo, en escenarios inesperados.

Livings, garages, terrazas, galpones o espacios míticos restaurados para la ocasión son los elegidos por las bandas y el público, que dan vuelta las butacas para pasar una noche diferente entre tragos, canapés y amigos.

El país vuelve a posar la mirada en Mendoza como esa luciérnaga del Oeste argentino que ofrece «mansas» bandas de calidad y revelación melódica; y que consiguen «mansa» convocatoria más allá de la tendencia del momento: eso que llamamos “indie».

«Es una concepción musical, que excede a la música en sí», nos advierte Gauchito Club, uno de los grupos en cuestión que abre caminos y en este 2018 sacó su disco debut (Guandanara) para lanzarlo en formato digital y presentarlo en sociedad con un escenario que montará en una verdulería.

 

Sí. Una verdulería. Porque sus fans, y los melómanos del nuevo estadillo del rock local, ya no buscan la sobriedad de un teatro donde apreciar de brazos cruzados la música, sentados en la comodidad de butacas de terciopelo rojo.

No. Vamos mejor a la verdulería. O a tocar timbre en una casa de familia que nos moviliza a develar la contraseña para poder ingresar y donde nos espera un buffet casual con cerveza fresca a precio razonable, pizzas caseras y gente amiga para compartir el placer de escuchar esa bandita de la que tanto se habla en las redes sociales y cuyas canciones se comparten por watshapp.

Aquí, los invitamos a un paseo por esos espacios alternativos donde hoy se enchufa la movida de la región, y donde cada uno ofrece su mística tanto para las bandas como para sus «comensales musicales».

Sea por las exigencias administrativas, burocráticas y legales para sostener en el tiempo un lugar público, sea mejor aún por una estética propia que acierta en las búsquedas actuales del público, o por una época de dispersión que ya no le cabe la atención meditada sin sobresaltos; lo cierto es que hoy el rock suena distinto. Y bienvenido sea para descubrir figuras celebradísimas como Perras on the Beach, Pasado Verde, la Spaguetti Western, Usted Señálemelo o los Gauchito, por citar solo algunos.

Porque la ventaja que da este formato de circuito alternativo para tocar es que en cada fecha nos entregamos a sorprendernos con más y más bandas nuevas. El eslabón fundamental de esta cadena que une a los grupos con los espectadores es internet. Sin dudas. Sus infinitas posibilidades nos inquieta en las redes sociales a un zambullido sin fin de sonidos y nos agrupa en gustos por agitar la bandera de la diversidad.

«Creemos que la música es la mejor forma de expresión conocida y le rendimos culto. Con una propuesta ecléctica cada semana, desde el año pasado que la Taverna se consolidó como escenario para la movida musical de la provincia», cuenta Fernanda Rivero, responsable de Taverna Culture Hall, uno de los sitios más buscados en este recorrido cultural. Y promociona su espacio como «un lugar bien ambientado que genera un clima acogedor para disfrutar de un espectáculo. Pretendemos ser un punto de encuentro en donde puedas venir a escuchar bandas y pasar un rato agradable».

Los artistas encuentran en estos sitios no sólo la oportunidad de un encuentro cara a cara, más íntimo y personal, con su público. También condiciones dignas de laburo, tanto en lo económico como en lo técnico. Porque si esto suena a improvisación, le advertimos lector que es todo lo contrario.

«Contamos con buenos equipos de sonido y luces y tratamos de hacer acuerdos económicos que beneficien a ambas partes. El público puede acceder a estos espectáculos de forma gratuita, no cobramos entrada. La ganancia pasa por otro lado», refuerza Rivero sobre su relación con los artistas locales en la Taverna, donde todos los miércoles se ofrece el ciclo Noise Hall, un «laboratorio sonoro» para artistas locales en ascenso.

Es más, algunos de estos sitios están regenteados por músicos, así que conocen de primera mano el paño. Son ellos mismos los que alimentan este circuito alternativo para presentarse en sociedad. Hartos quizás de la espera de toques oficiales, de trámites formales para acceder a salas o teatros (y de su escasez), los chicos comulgan otra religión de su rock. Comparten letras, integrantes y técnicos, salen a la cancha para ganar el partido a fuerza de dar lo que el espectador está buscando.

«Más allá del buen sonido y demás comodidades que puede darte un teatro para ver bandas en vivo, hoy no nos atrapa. Perdimos esa costumbre de estar dos horas sentados en una butaca, estamos en épocas en la que nos dispersamos muy rápido», opina Gaby Góngora, una de las referentes musicales de la prensa local, codirectora junto a Darío Manfredi de la revista Zero dedicada a la movida.

Y apunta: «En los lugares alternativos siempre gana el encuentro con amigos, comer algo rico, tomar algo mientras escuchás tu banda, tal vez suenan como en un ensayo, sin tanta parafernalia, pero eso también tiene su mística, nos acerca más».

En tanto, mientras desenchufa los parlantes, los Pasado Verde defienden la movida. Ellos que han tocado hasta en la azotea de un centro cultural porteño. «Tiene otra mística la cosa, es algo relajado que nos encanta y a la gente también», sueltan los Pasado que hacen sonar sus canciones en bares chiquitos y hasta alejados de la gran urbe como puede ser Cambodia en Tupungato. Y la capacidad se satura porque los chicos tienen cada vez más fans, entonces agregan fechas o simplemente sacan sus violas de madrugada a la calle para toques improvisados con los que se quedaron afuera.

También están los que consideran que los teatros y bares más populares con música en vivo no alcanzan para la gran demanda. «La prensa de Buenos Aires empieza a visibilizar las bandas de Mendoza, algunos catalogándolas como las mejores del país, y eso hizo que la gente que no tenía idea de la existencia de ellas les diera una oportunidad. Igual siempre hubo público, el problema es que cada banda tiene el suyo, no es que hay millones siguiendo a todas», opina Gaby Góngora.

Entonces ahí se mete otra alternativa, montada en un escenario natural de nuestro desierto mendocino como es El Origen de I. Abrió en Potrerillos gracias a la «inconsciencia» de su dueña, Sabrina Gargantini, quien viviendo en Irlanda y otras partes del mundo «me di cuenta de que no existía ningún lugar de los que había visitado que tuvieran la majestuosidad de nuestras montañas, y de paso las extrañaba, había algo que se me movía dentro, una especie de mendocinidad» que la llevó a volverse y fundar su café/bar en un terreno de su abuela Isidora.

El espacio funciona completamente con energía alternativa porque no hay energía corriente. «Los findes usamos generador eléctrico y en la semana me manejo con energía solar. Tampoco tenemos agua corriente, para los baños usamos agua que surge de una vertiente natural», detalla Sabrina, y resume que con El Origen de I se propone «un lugar para la cultura donde el mendocino y el turista se acerquen a la montaña, puedan vivir la montaña en su plenitud».

«En primavera o verano los toques son afuera con la montaña de marco y en invierno adentro, tenemos un salón hermoso y calentito. Muchas veces ha estado nevando afuera y adentro estamos disfrutando de una rica comida o café mientras toca una banda», concluye Gargantini invitando a mover montañas para escuchar buena música. El domingo 3 de junio actuará Viceral, proyecto que une a Sandra Amaya con Cristian del Negro (Faauna). Y el domingo 10 habrá una propuesta de música, literatura y teatro con Indeseables.

En otro punto de la geografía mendocina, más precisamente donde funcionaba el viejo Correo de Pareditas, en San Carlos, desde 2008 se instaló La Estafeta, como epílogo de un sueño ideado en 1948… por otro dueño/soñador, claro.

«Heredo esta casa en la cual mi abuelo quería poner un bar, como soy músico de rock, tocaba en Dueños del Santo y Grasa e Moto, lo primero que pienso hacer es un bar de rock y así fue. La motivación es pasarla bien y brindarle a las bandas emergentes un lugar donde se sientan respetadas y valoradas, donde cada banda muestre sus propios temas, no bandas de covers», cuenta Iván Zotelo, responsable junto a su mujer Ximena Cabrera de La Estafeta.

Alejado de los ruidos de la gran ciudad y ubicado en el corazón de un pueblo muy pequeño, La Estafeta propicia algo distinto: para los espectadores y para los artistas que en su mayoría comparten un asado como ritual con los dueños del lugar. «Acá la banda no es decorativa, es el centro de la noche», remarca Zotelo.

Un centenar de bandas, en su mayoría mendocinas, han pisado el escenario de La Estafeta que desde su apertura ha ofrecido más de 300 shows en vivo. Y estos números se repiten en otros espacios a kilómetros de distancia, como es El Baile en Ciudad, El Living, La Honorable y tantos otros más conocidos o por descubrir.

Sólo hay que estar atentos –y conectados-, porque ese vecino de chelo afinado que se oye desde el jardín quizás nos revele escenarios (in)esperados para la música menduca.

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