Destacado internacionalmente por su aporte a experimentos científicos -que trascienden la vida en la Tierra-, este joven ha sido convocado por personal de la NASA, The Mars Society e instituciones de vanguardia espacial para ser parte de sus proyectos.

    El esfuerzo por alcanzar sus metas empuja a este futuro ingeniero mendocino, a trabajar para volar lo más alto que se pueda, también con la música.

    A pesar de que la música lo atraviesa como melómano y como artífice, Marcos Bruno está más cerca de convertirse en un elegido espacial que en compositor o integrante de una banda (aunque no lo descarta). Las intenciones de transformarse en un artista profesional, igual están: sólo le falta más tiempo para dedicarse a ello. A materias de recibirse de ingeniero en mecatrónica, viajado y reconocido en el mundo por su aporte a la ciencia espacial, este joven toca la batería, la guitarra, el bajo y el ukelele. «Mi Spotify es lo más bizarro que existe: en aleatorio podés escuchar Bach, 2Pac, Megadeth, The Black Keys o Bee Gees. Me considero un nerd musical y me encanta la parte técnica, estudiarla y analizarla a fondo».

    Las ambiciones, como llama Marcos a sus gustos tan definidos, lo llevan a despejar el camino para que cuando llegue el momento, las puertas estén entreabiertas: «Uno de mis sueños es formar parte del selecto club de personas que han ido al espacio o trabajar en este rubro tan increíble que implica estar fuera del planeta Tierra. Recibirme, estar trabajando en ingeniería y tecnología y haber sido parte de simulaciones y proyectos ligados a eso, siento que aporta para que pueda elegir más adelante hacia dónde quiero ir y ver qué me depara el futuro. No tengo un camino definido, quiero hacer muchas cosas para que la mayoría de mis objetivos se cumplan», expresa.

    ¿Cómo surgió tu interés por el espacio exterior, más allá de la atmósfera terrestre?

    Desde chico el espacio me voló la cabeza y tuve la oportunidad de leer a genios como Julio Verne, Carl Sagan, Stephen Hawking y otras personalidades tan relevantes en este mundo, que me hicieron soñar con eso. Me hicieron ver que el cielo no era el límite, que estaba más allá, y que ese límite se podía romper. Parece algo de película, pero hoy en día los humanos tenemos esa posibilidad. Sentir que soy parte de esto, aportando un pequeño grano de arena, me llena de felicidad y orgullo. Formar parte de proyectos que involucran estar fuera de este planeta, me parece ridículamente increíble.

    ¿Tenés antecedentes familiares ligados al desarrollo y la investigación científica?

    En ese sentido, creo que soy un poco el bicho raro de mi familia: enfermizo y «ñoño» por los temas científicos. Si bien mis padres no están en el mundo académico, sí me incentivaron mucho cuando vieron que tenía pasión por la ciencia, la música, la tecnología y por cada cosa que quise hacer. Tuve la enorme fortuna de que ellos me apoyaran. Soy un agradecido total por eso. Desde niño supe que la ciencia y la tecnología iban a tener un papel preponderante en mi vida. Con la música me pasó igual, de chico era muy antisocial y la música hizo que me liberara. Pasé de estar encerrado en mi habitación a tener mil amigos. La música me abrió la cabeza y me permitió salir de la cueva. En cuarentena estoy tocando a lo loco la batería. Espero recibirme y cerrar algunos ciclos para dedicarme más a la música, que me apasiona.

    Y en relación a tu carrera, ¿qué te gustaría hacer?

    Estoy en el último año, cerca del objetivo y un poco ansioso por eso. Después de recibirme quiero buscar nuevas oportunidades. No me gusta estar quieto y sí en varios proyectos al mismo tiempo. Actualmente participo junto a un grupo de 13 amigos de distintas carreras de Buenos Aires y Córdoba en una competencia que organiza la compañía espacial Satellogic, en la que, en caso de ganar, esperamos enviar un experimento en un satélite el año que viene al espacio. Tenemos el afán de ofrecer una herramienta digital gratuita para que los estudiantes de Argentina puedan simular sus propias misiones espaciales, reduciendo los costos, «democratizando» un poco el acceso al espacio.

    ¿Cuándo decidiste involucrarte en proyectos de la industria aeroespacial?

    Elegiría el día en que literalmente me cambió la vida. Yo estaba cursando segundo año de ingeniería electromecánica en la UTN (2015), tenía una vida corriente de estudiante y bastante rutinaria, por así decirlo. Hasta que me enteré que venía a hablar la astronauta Ellen Baker a una escuela. Fue un día disparatado porque me metí en otro colegio, tuve que salir corriendo a la otra escuela y llegué tarde. Apenas terminó la conferencia, el traductor de la astronauta, Camilo Andrés Reyes, un chico de Colombia que participaba de estos eventos, tomó el micrófono y habló un instante. Esos cinco minutos me cambiaron la vida. Ahí Camilo contó que su sueño siempre había sido ir a la NASA, participar de proyectos espaciales, que como latino dudaba de la posibilidad de lograrlo. Y luego contó que él había finalmente cumplido varios de estos objetivos y seguía persiguiendo sus sueños. Que era posible animarse a soñar con eso. Desde ese día me empecé a mover y tuve su ayuda, de hecho hoy somos grandes amigos y tenemos hasta publicaciones científicas juntos. Su aporte me ayudó a meterme y a participar de proyectos de esta índole.

    ¿Cómo llegaste a ser parte de simulaciones marcianas? ¿En qué condiciones viviste esas experiencias?

    Tengo la fortuna de haber hecho dos simulaciones de astronauta análogo: la primera fue en mayo de 2016, en pleno desierto del estado de Utah, en Estados Unidos. Fueron dos semanas de total inmersión en la que vivimos en una base de The Mars Society, organización que trabaja apoyando proyectos que ayuden a que, el día de mañana, el hombre llegue al planeta rojo. Un lugar donde astronautas van a entrenar y donde científicos, ingenieros y gente que pertenece a agencias espaciales, profesionales e investigadores prueban sus experimentos y proyectos. En esa experiencia, junto a una tripulación, vivimos con recursos limitados, como internet, agua o comida deshidratada, con la que perdí seis kilos (fue una buena dieta). Esa experiencia me marcó y me hizo sentir un poco astronauta, usando trajes espaciales con los estrictos protocolos que una misión en Marte debería tener. Fue increíble. En octubre de 2019 y con muchos proyectos en el medio de índole espacial pero desde lo académico y la investigación, tuve la suerte de ir a un centro financiado por la NASA en la Universidad de North Dakota, dirigido por Pablo de León. Él es uno de los ingenieros argentinos que trabaja para NASA desarrollando la próxima generación de trajes espaciales para la Luna y Marte. Es una persona que admiro y hace mucho tiempo que sigo su trabajo. El armó la primera tripulación latinoamericana compuesta por un representante de Colombia, México, Perú y Argentina. Que me haya invitado a ser parte fue para mí un honor increíble. La UNCuyo financió los pasajes y durante dos semanas de total inmersión, realizamos experimentos (fuimos la tripulación que más experimentos a su cargo tuvo en la historia de este centro) que ayudan a NASA y otras organizaciones a entender mejor los desafíos que le deparan a los futuros astronautas en la Luna y Marte. Utilizamos los trajes espaciales que están desarrollando y fue algo realmente de ciencia ficción, al día de hoy no me cae la ficha.

    ¿Por qué condiciones pensás que has alcanzado metas tan destacadas como las que te ha tocado asumir?

    Tengo la suerte de ser parte de proyectos muy interesantes que me apasionan mucho y de haber vivido experiencias loquísimas, bizarras e increíbles. Mucha gente piensa que debo ser un genio y si se enteraran de algunas cosas que hago, se sorprenderían de que terminé el secundario. Creo que el verdadero diferencial pasa por el esfuerzo puesto en cualquier cosa que uno encare. Soy consciente de que tuve muchas oportunidades, siempre me apoyaron, nunca me faltó un techo o un plato de comida en la mesa. Sé que el camino no es el mismo para todos, hay dificultades que algunos deben afrontar que para otros no existen. De lo que sí estoy convencido es de que, si vamos por el camino del esfuerzo, estamos más cerca del éxito que del fracaso. Eso no quiere decir que sí o sí te vayan a salir las cosas, pero sí de que estaremos más cerca de que sucedan. Mi humilde consejo es que, si realmente te apasiona algo, vayas para adelante.

    ¿En qué trabajan las instituciones espaciales de vanguardia?

    Las instituciones principales de temática espacial, tanto del sector privado como público, NASA, la Agencia Espacial Europea (ESA), Roscosmos (la NASA de Rusia, por así decirlo), SpaceX y muchas otras compañías, están ayudando muchísimo a lograr distintos objetivos para darle el paso a la humanidad hacia al espacio exterior. Las misiones más importantes están orientadas a desembarcar en otros mundos, explorar nuevos planetas y satélites naturales, entre otras cosas. Hay muchas instituciones trabajando y colaborando estrechamente entre ellas. Hace poco Estados Unidos pudo volver a lanzar astronautas a la Estación Espacial Internacional desde su propio suelo, algo que no se podía hacer desde julio de 2011. Fue gracias a SpaceX, la primera compañía privada en enviar personas al espacio. Las ambiciones van desde disminuir los costos en los proyectos espaciales a un mínimo histórico, hasta lograr que una entidad privada sea la primera que nos lleve a Marte. Estas cosas están en agenda y creo que se van a dar más pronto que tarde y me emociona mucho estar vivo en este momento para verlo. Se están dando pasos agigantados por parte de personas comunes y corrientes que se animan a participar y abordar este tipo de iniciativas. Un ídolo personal, Elon Musk, fundador de Tesla y SpaceX, creó una compañía desde cero para lograr que el humano llegue a Marte y sea su nuevo hogar. La están rompiendo y llegando muy lejos. Estoy muy ansioso por ver lo que ocurra en los próximos años en relación a esto.

    ¿Cómo imaginás el futuro de la humanidad?

    A lo largo de nuestra historia hemos tenido muchos avances, pero hay cosas que no han cambiado demasiado; una es que siempre hemos estado en la Tierra. Eso va a cambiar y no falta mucho, como la posibilidad de tener una base permanente en la Luna o en Marte y, por primera vez, tener una segunda casa. Yo imagino una especie humana que se lance hacia las estrellas, esto es para mí el sueño máximo y sería el mayor logro posible para la humanidad. Seguramente nos convirtamos en una especie interplanetaria con presencia en más de un planeta y contemos con un segundo hogar con su eventual terraformación, con una atmósfera más amigable para nosotros, que nos permita respirar, y con una temperatura que podamos aguantar sin un traje espacial. El ser humano es un explorador por naturaleza. Hace algunos siglos había personas que cruzaban el océano sin saber qué había del otro lado, simplemente para satisfacer su curiosidad. Ver cómo ese sentimiento está mas vivo que nunca al existir personas que quieren desembarcar en nuevos mundos, me llena de emoción.

    ¿Dónde estabas cuando comenzó la cuarentena en Argentina y dónde te encontrás ahora?

    Estaba en Austria estudiando y recibí un llamado de Cancillería Argentina en ese país. Me dijeron que se estaban complicando mucho las cosas y que me tratara de volver. Yo tenía que estar en Mendoza en junio y me volví. Estaba por encarar un proyecto energético en Austria, íbamos a implementar un sistema basado en datos para lograr una mejor eficiencia, pero todo se frenó.

    ¿En qué trabajás actualmente?

    Hace varios meses y junto a dos socios, Giorgio Tacchini y Mario Japaz, cofundamos Merovingian Data, una startup de data science y business intelligence en la que, usando el poder de los datos, podemos ayudar a clientes de diversas industrias en sus operaciones, utilizando técnicas de inteligencia artificial para convertir sus datos en información clave para la toma de decisiones. Es algo que me encanta. Cuando me siento a programar puedo estar una semana sin parar.