En medio de un ensayo de Vanthra, su nueva banda, el músico nos recibió en Chacras de Coria.

 

A esta altura y luego de varios viajes de trabajo y descanso, Fernando Ruiz Díaz siente a Mendoza parte de su casa. De ese gran hogar de lazos y vivencias son también refugio Córdoba y Buenos Aires. Días antes de grabar su primer DVD en la Bodega Monteviejo con su nueva banda, Vanthra, el músico nos recibió en la casa del enólogo Marcelo Pelleriti y la gestora cultural Gabriela Nafissi.

Emocionado con el lanzamiento del vino que lleva el nombre de la banda que integra junto a Charlie Noguera y Pape Fioravanti, atento al ensayo que sucede en otra sala, conmovido por el paisaje, profundo en su decir, Fernando habló sobre sus inicios, el descanso actual de Catupecu Machu, su vida actual y las personas que conforman su entorno en esta tierra; entre otras, el escultor Guillermo Rigattieri y la admiración que le despiertan sus obras.

¿Qué te trae seguido a la provincia?

Yo creo que lo que me pasó con Mendoza tiene que ver, además del lugar, con la hermandad que surgió apenas nos conocimos con Marcelo Pelleriti y su familia, con los Richardi, con José Bahamonde. El año pasado vine de vacaciones a la casa de Marcelo con mi hija y en este mismo lugar ensayamos ahora con Vanthra. Fue acá donde me di cuenta que con Catupecu teníamos que parar un poco, no por nada en especial sino porque en 23 o 24 años no lo hicimos nunca, ni siquiera cuando fue el accidente de mi hermano. Tiene que ver con estar buscando siempre nuevos puertos y aventuras. La música para mí es un juego sagrado.

¿Cuál es la propuesta, la búsqueda de Vanthra?

Hace unos años me encontré componiendo temas que no eran para Catupecu y empecé a sentir el pulso de armar otros proyectos en grupo, que es algo que me encanta. Con otros músicos sucede ese espejo en el que podés mirarte. Charlie es manager de Catupecu y un gran músico al igual que Pape, que también es productor. Tocar todos temas nuevos es de por sí emocionante y el pulso de la banda está muy ligado a la tierra, a lo tribal. A mí me rompió la cabeza ser padre de Lila y eso en Vanthra, en las letras, tiene mucho que ver. Fue muy liberador impulsar la banda y correrme del camino para descubrir otros pueblos. Estoy contento con lo que pasa porque salieron canciones increíbles.

¿Imaginaste alguna vez, de chico, tu historia con la música?

Nunca. Soy técnico eléctrico, estudié ingeniería eléctrica y toco instrumentos desde los ocho años. Me negaba un poco, siempre fui carismático o de escribir pero no lo vi. Para mí tocar era como respirar y no lo tenía como sueño. Me gusta la ciencia, investigar y fue en Brasil donde descubrí que podía hacer esto, un país en el que he tenido revelaciones importantes para mí.

¿Qué pasó en ese viaje?

Una noche en un bar mis amigos pidieron una guitarra para que tocara y cuando subí al escenario rompí el clima de bossa nova que había y se armó un quilombo terrible; terminaron todos arriba de las mesas. Otra tarde sucedió lo mismo en la playa; yo estaba con mi amigo «el Polaco». En un momento se acercó un hombre, un percusionista increíble y me dijo algo que no olvido más. Para mí fue un momento místico ese. Son esas casualidades o causalidades del Universo en las que si reconocés bien los signos, vas por buen camino. Cuando volví le dije a mi hermano que armáramos un grupo juntos. Me dijo: «yo ya estoy, faltás vos», y así surgió Catupecu. Antes tuve una banda post-adolescente, Paradigma, pero no pasó nada.

¿Qué hacés cuando no hay motivación o falta de deseo?

Yo creo mucho en las musas. Lo vivo. Cuando sacás a flote el arte sale tu parte femenina, tu lado sensible. Las mujeres hablan de amor, los hombres hacen el fusil, ¿entendés lo que te digo? Esa parte mía sale mucho afuera y tengo esa conexión con las musas, que no tienen edad. «Magia veneno» lo soñé y cuando me desperté duró diez minutos la escritura de esa letra. Me pasa que, como amo a Catupecu y somos familia, lo vi a tiempo y sin necesidad de que pasara algo malo para hacerlo. La vida que llevamos es muy peligrosa y dejo la vida en cada show, a veces no sé cómo aguanta el corazón. Hay semanas en las que tomaste once aviones e hiciste tres países y en todos lados dejás todo ahí.

¿Disfrutás de eso o no?

La verdad es que lo amo. No sé qué es el disfrute o la felicidad. Hay momentos que sí puedo reconocer, como estar con mi hija. Para mí es una misión esto, casi que no elegí ser músico.

¿Y escribir tampoco lo elegiste?

Con la música me salen cuadros surrealistas, creo que es algo más cinematográfico. Escribo como me sale, con fantasía y con sentimiento.

 

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