La eximia bailarina mendocina acaba de ser promovida a demi solista en el prestigioso Stuttgart Ballet de Alemania, donde lleva dos años de trabajo.

A sus 29 años, renunció a su puesto estable del teatro Colón para iniciar esta nueva etapa de su carrera. Impulsada por el dictado de su corazón, la artista revela aquí todas las caras de la danza que están lejos de ser un cuento de hadas.

Daiana Ruiz es la bailarina más mundialmente reconocida que tiene hoy Mendoza. No es una exageración lo que decimos, pero si recorremos su vida entenderemos por qué llegó adonde quiso llegar. Y por qué, a sus 29 años, emprende un nuevo desafío en su carrera internacional.

Nacida entre tutús y zapatillas de punta, su mamá es la maestra de la danza local Patricia Motos, Daiana siente la pulsión del escenario desde que prácticamente empezó a caminar. A los 12 tomó la firme decisión de ingresar al Colón. Lo logró. Sola llegó a la gran ciudad y sola consiguió egresar con todos los laureles que el coliseo argentino podía darle.

«De chica aprendí a escuchar mis sueños, a hacerle caso a mi corazón», confiesa la esbelta y bella mujer de grandes ojos verdes en esta charla que, café por medio en pleno centro mendocino, concedió a InMendoza. El encuentro se convirtió en un diario de viaje cargado de anhelos, esfuerzos, fracasos y miedos.

Ella, que pinta sus pasiones y crea coronitas de ballet como artesanías, ella modelo también que practica yoga y meditación, que escribe, ama a los animales y sueña con ser madre; ella, una convencida de que «si el mundo respirara más arte, sería el mundo ideal que todos anhelamos»; ella abre aquí el libro de su vida, en primera persona.

El gran vuelo

Llevo dos años con un pie en Argentina y otro en Alemania. Soy una enamorada de John Cranko y Alemania es su cuna, siempre seguía a la compañía. Pero tenía un trabajo estable acá, en el Colón. Hasta que decidí probar afuera y busqué concursos para tomar experiencia en otro ballet. Quería ver cómo trabajan las compañías afuera.

El mail menos pensado

Llegué al Stuttgart Ballet a tomar clases. La compañía alemana era la que más me gustaba pero en ese momento no estaban contratando a nadie. El director vio mi clase y me llamó para ofrecerme un contrato que iba a salir en varios meses. No era seguro, así que me volví. Con bailarines del Colón hice mi primera gira por países europeos. Y cuando estaba en medio de esa gira, en un aeropuerto, llega un mail de Stuttgart que tenían un contrato ya para mí. Tenía que volver, armar las valijas, contarle a mi mamá y sacar los pasajes. ¡No sabía ni hablar inglés! Estaba a dos días de irme y no sabía adónde iba a vivir. Cuando atravesé Migraciones sentí esa soledad. Mi vida se resumía en dos valijas. En ese instante me sentía en una película. Hasta ese momento, no caía en lo que estaba haciendo.

Llegué y los primeros meses compartía departamento con un chico que no hablaba español, sólo inglés. Entonces nos comunicábamos a través del Google Translate. Fue muy gracioso, aunque también la pasé mal.

La adaptación: no todo es color de rosas

El primer tiempo fue difícil, quise aprender los dos idiomas a la vez, inglés y alemán. Iba al supermercado y no entendía nada. La forma de trabajar de la compañía era completamente diferente. Me levantaba llorando todas las mañanas y no entendía por qué. Era un shock. Le decía a mi mamá que simplemente necesitaba que alguien me abrazara.

Así fue que me enfermé. Los primeros cuatro meses fueron bravos. Era la primera vez que me pasaba algo en mi físico que me imposibilitaba bailar. Tuve un problema en las tiroides, engordé y eso no está bueno en el mundo del ballet, nuestro cuerpo es nuestra herramienta de trabajo. Iba al médico y no sabía cómo explicarle; hacía la traducción en mi celular, en una libreta anotaba en inglés lo que quería decirle al médico y así iba a la consulta.

Cuando vine de vacaciones, estaba en tratamiento. Ofrecí una función en el teatro Independencia y creí que iba a ser la última de mi carrera. Sentía que tenía un sueño en mis manos que se estaba desvaneciendo. Pero otra vez el pulso del amor por la danza, los deseos internos, la importancia de saber escucharse… Todo eso fue más fuerte y logré recuperarme.

Experiencia para compartir

Cuando doy una charla de backstage el mensaje es mostrar que no todo brilla. Nada llega de casualidad, no es que estás tocada por la varita mágica o tenés dotes especiales y por eso llegás adonde llegás. Lo importante es luchar y, pese a los tropiezos, seguir luchando por lo que uno sueña. Cuando uno siente que ya lo dio todo, hay que cerrar esa etapa y empezar a construir un nuevo camino.

Cerrar una puerta para abrir otra

El nombramiento a demi solista en el Stuttgart Ballet es un premio a todo lo que pasé. Es un cambio para mí y para el ballet porque en esta temporada se van a hacer repertorios diferentes, con artistas invitados de afuera; es otra búsqueda y eso marcará la historia del Stuttgart. Es súper prometedora la temporada que viene, estamos muy ansiosos.

No fue fácil renunciar al Colón, que es mi casa, para aceptar este reto. Puse en la balanza esas dos vidas, la de Alemania y la de acá, y sentí que dos años allá no eran suficientes, que era otra gran oportunidad, tenía que vencer mis miedos y no quedarme en la comodidad de lo que uno ya conoce. Hay que aprender a soltar. La renuncia al Colón fue como un amor que siempre estará en mi corazón, que es parte de mí, pero que había cumplido su ciclo.

El destete

Con mi mamá tenemos una relación muy linda, somos muy amigas. Compartimos esta pasión por la danza, ella trabaja para el arte, para los artistas, y la admiro. Y aprendimos que estamos conectadas desde otro lugar, que no necesitamos conectarnos físicamente. Es difícil estar separadas, pero aprendimos a querernos desde otro lugar. Ella me enseñó que cuando uno hace las cosas con amor y toma las decisiones desde ese lugar, más allá de los resultados, todo se hace súper liviano y vas encontrando tu espacio para cumplir tu sueño.

Los fantasmas del «cisne negro»

El ambiente del ballet tiene mala fama. Stuttgart es una gran familia. No vivo esa competencia feroz. Todos somos de diferentes partes del mundo, entre todos nos ayudamos, nos acompañamos. Cuando me toca hacer un papel principal, todos se ponen felices y en bambalinas me traen chocolates, eso que nosotros llamamos «toy, toy, toy» detrás de escena, que es para desearnos suerte.

El baile del futuro

Estoy súper contenta de ser yo quien inaugure a fin de mes la sala de danza del EMA (Escuela Municipal de Arte) en Luján de Cuyo. Es una sala increíble, con un piso excelente para los bailarines, de primer nivel. Me enorgullece que mi mamá sea su directora, que se logre desde el Estado abrir estos espacios para la danza a toda la comunidad.

La predicción

En el último departamento que alquilé en Buenos Aires, en la puerta había un cartel que decía «Aeropuerto Internacional» y un día le mandé una foto a mi mamá haciendo el chiste de que ese era el último lugar que iba a tener en Buenos Aires. Lejos estaba de mí hacer lo que después hice. Así que hay que tener cuidado con los chistes.

Daiana dará una charla de backstage el sábado 25, a las 10.30, en el Teatro Independencia de Mendoza.

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