Arquitecto de una carrera que no para de sorprender, su diálogo con la tecnología propone universos paralelos, magia en luces y colores y un porvenir hecho presente.

Alejandro Rodríguez va y viene por el mapa y vive entre el mundo físico y la virtualidad. Por trabajo o por placer, los viajes forman parte de sus actividades habituales y la tecnología es su medio predilecto para co-crear un territorio de nuevas posibilidades. Es arquitecto de profesión, aunque lo que construye es una sólida carrera de animación, 3D, dirección de arte, diseño óptico y actividades que lo llevan como exponente, como invitado y como artista audiovisual a viajar por el globo y a sumar cimientos a la curiosidad que lo acompaña desde pequeño, cuando era un gamer compulsivo.

Después de una estadía en Japón, Corea y Rusia, trabaja en un proyecto de Realidad Virtual para un desarrollo inmobiliario y analiza otras propuestas para el año que viene: «Te ponés el casco y estás en el lugar con la posibilidad de controlar si es de día o de noche y de acceder a los espacios y a la arquitectura del sitio», explica en relación a este trabajo el mendocino de 38 años, hijo del fundador del Movimiento Humanista: Silo. En la adolescencia hizo sus primeras animaciones “bizarras” y a partir de ahí sumó experiencias individuales y colectivas ligadas al uso de la tecnología, el desarrollo de software y el video mapping.

«El futuro me re cabe… En mis proyectos hablo sobre la fusión de la realidad con la pos-realidad o la irrealidad que se superpone con un mismo nivel de implicación para las personas. La geografía se desdobla, las relaciones humanas se desvirtúan y todo esto se va transformando en un paradigma visual. Hay percepciones vívidas y eso hace que tu memoria lo recuerde. Las nuevas tecnologías permiten un nuevo campo de la percepción. Hay una potencia cultural en todo esto que no alcanzamos a imaginar. Cuando una tecnología es lo suficientemente avanzada parece magia, dijo Aldous Huxley, y es así», comparte.

 

Su mecanismo creativo es investigar nuevas herramientas. Y en ese juego-proceso descubre lo que quiere comunicar. No va detrás de ninguna unidad artística sino que explora y deja rastros en soportes y lenguajes contratado o no por empresas, gobiernos o instituciones; también por gusto propio y en muchas ocasiones en colaboración con el estudio IDV a nivel nacional, que integran Martín Borini, José Jiménez, Lucas DM y Luchi Carmona, y en Mendoza el que lleva el nombre de Dogrush y que comparte con Fede Echeverría.

«Para mí todo es presente, el futuro es simplemente una dirección, no tiene existencia en sí mismo. El pasado me parece muy loco que se vaya ensoñando. En relación a lo que viene, no sé si el mundo va a cambiar en sí mismo, lo que creo es que nuestro mundo mental está cambiando. Me fascinan las personas y eso es lo único que creo que la tecnología no puede superar», expresa, y en cuanto a sus proyectos comparte: «Estoy con algunas propuestas comerciales, también investigando con un amigo para hacer ortodoncia en 3D y tengo intenciones artísticas para hacer con Realidad Virtual un trabajo más poético».

En la Casa de Tucumán, de la mano de Fuerza Bruta, sobre la fachada del Le Parc, en el Planetario de Malargüe, en la Vendimia 2015, en Plaza de Mayo, Alex ha dejado impregnado su arte de sueños futuros en trabajos de espíritu colectivo que anidan en el recuerdo de quienes estuvieron allí. Mendoza sigue siendo la montaña que elige. El sitio del respiro. La sensación de volver al origen.

Nota: Andrea Calderón