Ceramista, investigador, docente y gestor cultural. Al frente de su propia galería, Sur Urbano, es un convencido de que el arte tiene mucho más que aportar, además de belleza

    «No hay primacía de una cultura sobre otra sino una coexistencia. Entiendo que lo local dialoga con el contexto global, pero también que la periferia debe tener visibilidad tanto como los centros hegemónicos de producción del arte. Es importante escribir nuestras historias para no referenciarnos en las “grandes publicaciones”. El arte contemporáneo permite la diversidad y la diferencia. Entiendo el arte como una herramienta de cambio que no sólo es portadora de belleza sino de significados más profundos, esa es mi visión, respeto las otras».

    La mirada de Sergio Rosas es, por sobre todas las cosas, sensible. Y su quehacer en el arte, inagotable. Querido por sus alumnos, respetado por sus colegas y en estado de permanente formación y búsqueda, el ceramista, docente del terciario de la Escuela Normal y de la UNCuyo, investigador en la misma casa de altos estudios y gestor cultural acumula conocimientos teóricos y prácticos que sobresalen por su caudal, su calidad y su contenido.  Creció en Las Heras, donde trabajó de chico junto a su padre en una fábrica de mosaicos. De joven descubrió su pasión por la cerámica; ya en la adultez, Sergio reconoció en la docencia una fuente de intercambio constante y un serio compromiso con el otro que se traduce también en su obra, que integra conflictos sociales contemporáneos, mezcla materiales y da que pensar. Al frente de la galería Sur Urbano y del grupo interdisciplinario de arte Periferia, la otredad, la diferencia, pero jamás la indiferencia componen una exhaustiva producción artística y de conocimientos difícil de resumir.

    –¿Qué referencias de tu niñez encontrás en tu devenir artístico?

    –Nada es casual y todo tiene que ver con el contexto y las situaciones personales. Mi papá tuvo una fábrica de mosaicos calcáreos hasta la década del ’80, que se dio el auge de la cerámica. Pero creo que lo que más me marcó fue una maestra de plástica de la primaria que llegó a la escuela con un espíritu innovador y ayudó a que me expresara. Esos dos caminos en algún momento confluyeron y contribuyeron a que el arte y la vida cotidiana se unieran en mi caso. Pensar que el arte no es elitista, ni críptico ni para el museo ni para algunos, sino que está presente en lo cotidiano.

    –¿Cómo recordás tu etapa de estudiante universitario?

    –Tenía interés en recibirme, lo que no tenía muy claro era qué hacer después. Viví un año en Buenos Aires y trabajé en Ferrum ligado a lo industrial. Mi intención era por entonces recorrer museos y producir mi obra pero la verdad es que frente al trabajo repetitivo y seriado y la falta de tiempo me replanteé mi futuro y volví a Mendoza. Gané entonces una beca con el Fondo para el Mejoramiento de la Calidad Universitaria (FOMEC) y viajé a Santiago de Compostela a hacer una Maestría en Creatividad Aplicada a las Artes y más tarde hice la Maestría en Arte Latinoamericano. Esta última formación supuso que encarara el arte de otra manera y que reflexionara sobre el hacer, mi poética y mi ideolecto estético desde una mirada latinoamericanista.

    –En tu caso la producción artística también está vinculada a la docencia…

    Sí. Entendí que como artista no podía pensar en mi obra como si viviera en el romanticismo. Creo que el arte asume y cumple una función social y que el artista funciona como un medio para trasladar ideas y conceptos que suponen una herramienta de cambio. Es enriquecedor ser docente, tener contacto con los alumnos, dialogar y crecer juntos. Otra arista es la gestión cultural: tener una galería, Sur Urbano, me da la posibilidad de vincularme con artistas jóvenes.

    –En relación a la producción artística, ¿qué características encontrás en tu obra?

    Yo la inscribo dentro de una estética que no es puramente gestáltica sino que se vincula a lo semántico, a lo que dice, a la portación de signos visuales que hablan de lo nuestro, de lo actual, de las vivencias cercanas, las culturas populares, las microutopías y los microrrelatos.

    –¿Dónde encontrás tus principales influencias?

    Presto mucha atención a los años ’60 y ’70 y sobre todo a la caída del Muro de Berlín, la globalización; eso delimita en buena parte mi obra. En ese trayecto, que tiene que ver con el arte y la política o el arte más ideológico, encuentro referentes en Torres García y la Escuela del Sur, León Ferrari y su visión crítica y social. También Chiachio&Giannone, el colectivo de Mujeres Creando, Beatriz Preciado, Luis Camnitzer y el hacer artístico en general. Las imágenes que generan los artistas me permiten corroborar mediante la lectura o el diálogo con otros la producción de conocimientos.

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