La figuración fue el punto de partida para su encuentro con la línea y más tarde la abstracción, que para él es una manifestación del espíritu.

Imposible no reconocer, al entrar a su casa, que allí vive el artista y allí también trabaja. Los bastidores encimados, las pinturas, las obras de tantos años, los cuadernos de dibujos, los cajones repletos de su recorrido, indican que en ese living sobrevuela el impulso del arte. De todo lo que archiva en ese espacio, lo más importante, dice, son las tumbadoras y los bongos. Martín se entusiasmó con la percusión desde niño y soñó con ser un hombre del jazz. Hace un tiempo retomó los golpecitos, a veces como invitado de una banda de nombre «Viento».

«Me doy cuenta de que hubiera sido un baterazo. Yo no puedo pintar con música porque me voy, empiezo a bailar. Necesito del silencio. Lo mío no es musical, es vital», dice. El fútbol y los amigos alrededor de la pelota representan otra faceta del creador de blancos y negros tan potentes como sus pinceladas a todo color. Cuando conoció a Helena, su compañera, pensó en dejar el arte, pero retomó cuando supo que separarse de su esencia era el peor de los caminos. Durante años y para no regalar sus obras por necesidad económica, Martín llevó adelante un taller de marcos y en un lapso breve fue parte de los artesanos de la Plaza Independencia.

¿Qué costumbres mantenés de tu Buenos Aires natal?

La prepotencia, sin querer. La forma de decir las cosas. He aprendido a los cachetazos y me han parado el carro, pero es un modo y no una intención.

A los 18 años, Martín Villalonga llegó a Mendoza para estudiar con el maestro Víctor Delhez. Conocerlo fue una escuela para siempre en una época atravesada por la dictadura militar y en su familia encontró un núcleo que siente parte de su hogar. Durante décadas, se sintió a gusto con el realismo, con lo figurativo, aunque asegura que se hizo abstracto en un término de seis horas. «El cuerpo me hizo abstracto; la sensación del trazo. La abstracción me permite entrar a otra realidad. Yo no lo entiendo como un movimiento artístico sino como lo hacen los orientales, como un fluir. Es una filosofía que persigue la energía escondida en cada uno».

Con el dibujo se entrega, viaja, no tiene tensión, y lo que aparece como una producción artística dividida conforma para él una unidad compuesta de pequeños estallidos que pasan primero por las ganas. «Quiero que la obra me lleve a mí y no a la inversa. Yo no hice el camino de los concursos, no porque tenga nada en contra de eso sino porque no es para mí. Mi espíritu me pidió siempre otra cosa, algo muy interno. En ese sentido, empecé a ser docente cuando sentí que tenía algo que enseñar. Mis clases son de pintura y dibujo pero también de mucha charla filosófica».

Después de aprender, investigar, pensar, experimentar y hacer, Martín siente que en la naturaleza están todas las respuestas, aunque conserva, imborrables, las palabras de quien fuera su maestro, Víctor Delhez: «Oye, ¿sabe para qué sirve el conocimiento? Para saber cuándo uno está volando».