Referente latinoamericano de descenso, el joven es también un creador que persigue crecer dibujo a pintura y llevar su expresión a lugares impensados.

Llevo varios años tratando de elegir entre el deporte y el arte y no puedo, así que tiro lo más fuerte posible para ambos lados», dice Jerónimo Páez sobre las pasiones que lo motivan a sus 20 años. Campeón latinoamericano y cuatro veces argentino en la categoría juvenil de downhill o descenso, el ciclista es además, un creador que persigue su propio idioma en las artes visuales. Dibujante, pintor y muralista, sus obras bajo el seudónimo Nymo abrazan las paredes completas de restaurantes, bares, cafecitos, cervecerías y boliches.

«De chiquito mi mamá me llevaba a los talleres de arte a conocer, a ver qué tal me iba y yo me enganchaba muchísimo con el dibujo y la pintura, más que con el grabado o la escultura. De ahí nació la idea de salir a pintar un día a la calle y me enganché muchísimo con el street art», comparte el hijo de la artista ceramista Vivian Mayne, que tomó clases con Rubén Sosa y Diana Baccarelli, más tarde con Magdalena Benegas y Cris Delhez, y con Verónica Ohanian.

Cuando egresó del secundario, Jerónimo se inscribió en Diseño Gráfico e intentó llevar adelante la carrera en la universidad pública y privada, hasta que reconoció que nada de eso tenía que ver con lo suyo. «Me di cuenta de que me gustaba el arte y que quería dedicarme a esto y a la bici. Ahora hago cursos y me formo de manera autodidacta al tiempo que entreno y viajo a los campeonatos que tengo por delante», dice.

Tener registro fotográfico de los murales hechos con aerosol y látex acrílico es una motivación presente para Nymo, un admirador del trabajo de artistas como Franco Fasoli, Felipe Pantone y Eduardo Hoffmann. Más que la obra para la contemplación pública, a él le gusta pensar en su intervención como un hecho fotografiable y compartible en las redes sociales, más allá de su perdurabilidad.

«Estoy en la búsqueda de mi concepto, del trasfondo de lo que pinto. Creo que todavía no encuentro mi estilo y voy de a poco. Casi siempre lo que hago está vinculado a mis experiencias, mis amigos, las situaciones que atravieso, los viajes por la bici. Mis dibujos y pinturas representan lo que tengo en el interior. No soy diferente a nadie ni tengo pensamientos locos sino que me gusta expresar lo que siento en el momento en el que estoy».

Personajes imaginarios o inspirados en la realidad, calaveras «porque no son ni hombre ni mujer, ni flacos ni gordos», ancianos llenos de vitalidad aparecen en la iconografía del joven que se orienta por los colores pasteles y también recibe trabajos a pedido, entre ellos trucks de cervecerías que llevan su impronta. «Mi mamá también me enseña mucho, sobre todo a cómo vivir siendo feliz sin importar la plata o cómo me vaya sino disfrutando de lo que hago».

Por su parte, su hermano Juan Cruz, ya retirado del circuito competitivo y dedicado a la construcción de pistas, y su papá Francisco, son artífices y compañeros de su amor por las dos ruedas. «Mi papá nos llevaba todos los fines de semana a andar, a conocer los circuitos, así hicimos amigos y nos enamoramos del deporte tanto por esto como por las montañas que conocimos en las carreras».