El joven creador, hijo del artista Osvaldo Chiavazza, produce las imágenes para una nueva muestra individual.

Más que explicarse o hablar de lo que hace o definir su búsqueda o enroscarse con una respuesta, Amadeo Seguy elige la risa, el no saber bien qué decir, el modo liviano de dirigirse, y lo que tiene para compartir: sus obras. Lejos de incomodarlo, la instancia de exponer lo entusiasma, porque implica despojarse de esas horas invertidas para que otros se relacionen con su mundo creativo.

«Desde que tengo memoria hubo a mi alrededor lápices, colores, hojas y pinceles, y a partir de ahí forjé una especie de herramienta. En mi vínculo con el arte se establece un contrato entre dos partes en el que la pintura me sirve como herramienta para entender de qué se trata y es a la vez, un medio para vivir. Esta relación es algo que constantemente me cuestiono», dice el hijo del artista Osvaldo Chiavazza, que un día decidió cambiarse el apellido para evitar las comparaciones pero también para portar la identidad materna en primer lugar.

Su papá y su mamá, apunta, fueron sus primeros referentes y quienes lo apoyaron desde el inicio. En el caso de ella, dice Amadeo, es una «genia del color». En su búsqueda personal, por fuera de los núcleos familiares, encontró durante un par de años cobijo y formación en Buenos Aires, hasta que la decepción de una carrera incompleta y un sinsentido generalizado lo trajeron de vuelta a Mendoza. Hasta hace unos días una obra suya integró la exposición por concurso «Una comunidad imaginada», del Fondo Nacional de las Artes, y en el Museo Carlos Alonso está la pintura seleccionada del último Salón Vendimia (una muestra más que recomendable).

En junio, las obras más recientes de Amadeo Seguy -en papel y en lienzo-, integrarán una muestra individual en Mandrágora Galería (25 de mayo 780 de Ciudad). Del desapego, de la deconstrucción, de la ruptura y la reparación surgen estos últimos desafíos conectados con la simpleza que encuentra allí, con los colores que elige y con un modo que no persigue ninguna unidad, sino que define más bien como un fluir impreciso e impensado. «Mi estilo cabe en esta premisa: en suprimir lo estándar y en sentirme cómodo con lo que hago», resume.

Acrílico y óleo son sus herramientas de trabajo, aunque también tinta china y acuarelas. Amadeo además tatúa, ilustra, crea piezas por encargo y a veces repudia, con algún comentario agregado, hechos de la realidad que lo irritan. «Encuentro inspiración en situaciones que reflejan lo que alguna vez sentimos y luego intentamos repetir. Cuando me propongo empezar una nueva pintura traigo un momento en particular donde un gesto, una mirada, una posición, la disposición de los elementos, lo que no se dice pero está ahí, propone un mundo propio para cada persona que aconteció y que se refleja o no en mis obras».

Artículos Relacionados